FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

Este blogue foi criado com o intuito de unir a comunidade lowryana de todo o mundo, a fim de trocar ideias e informação sobre o autor, promover a organização de conferências, colóquios e outras actividades relacionadas com a promoção da sua obra. Este é o primeiro sítio trilingue feito no México sobre o tema. Cuernavaca, México.


Malcolm Lowry Foundation


This blog was created to comunicate all lowry scholars, fans and enthusiastics from around the world in order to promote the interchange of materials and information about the writer as well as organize events such as lectures, colloquiums and other activities related to the work of the author. Cuernavaca, Mexico.


FONDATION MALCOLM LOWRY

Ce blog a été crée dans le but de rapprocher la communauté lowryenne du monde entier afin de pouvoir échanger des idées et des informations sur l'auteur ainsi que promouvoir et organiser des conférences, colloques et autres activités en relation avec son oeuvre. Cuernavaca, Morelos, Mexique.

sábado, 22 de septiembre de 2018

Quauhnáhuac

Fotografía Archivo de La Casona Spencer

El otro personaje inolvidable de Bajo el volcán es Quauhnáhuac, un lugar de aparecidos y de apariciones que no está en la geografía del mundo porque es como el infierno, está en el corazón. Quauhnáhuac es como el mar, silencioso y profundo, lleno de belleza y horror, de donde no se puede salir o, más bien, de donde uno piensa que sale cuando en realidad está corriendo a su encuentro.

Es una ciudad de frías y raudas aguas de montaña que bajan corriendo en arroyos que brotan por la calle y que se convierten en “pequeños torrentes impetuosos” camino a las barrancas. Una ciudad en cuyas calles el fantasma de Yvonne podía deambular acompañada tan solo por su propia sombra “consoladora aunque indeseable”. Un lugar por donde caminan almas descarnadas, una ciudad depurada, sin mácula, donde Geoffrey era susceptible de redención y ayuda. Un recinto que era como el tiempo: “por doquier que se mirase estaba aguardando el abismo a la vuelta de la esquina”.

Pero también, para hacer delirar a los lectores, se localiza en el planeta, en México: “queda situada bastante al sur del Trópico de Cáncer, en el Paralelo Diecinueve, tiene dieciocho iglesias, cincuenta y siete cantinas y no menos de cuatrocientas albercas colmadas por la lluvia que incesantemente se precipita de las montañas” (Bajo el volcán, Capítulo I).

Como todo buen laberinto, Quauhnáuac tiene en su interior una Cervecería Quauhnáhuac y una rueda de la fortuna que es una metáfora del cosmos, donde todos los carteros son idénticos y hay una iglesia que Geoffrey no conocía y en la que “había oscuros gobelinos con extraños ex-votos pintados y una Virgen piadosa que flotaba en la penumbra” (Bajo el volcán, Capítulo X), ¿Qué lugar es éste, tan extraño? Tal vez es un lugar que sólo puede entender un alma amezcalada, pero, sobre todo, un lugar que, hacía poco menos de un año, había sido testigo de una separación inolvidable.

Tiene una estación de ferrocarril que dormita con sus vías desiertas y las señales levantadas. “Poco de cuanto en ella había daba idea de que alguna vez allí llegara un tren, por no decir que de allí saliera” (Bajo el volcán, Capítulo I). Y también tiene un casino que ya no es casino, nadie apuesta nada en él.

En su único cine se exhibe “Las manos de Orlac” y un jardín interior, el Jardín Borda, sirve de escenario para que los emperadores vuelvan a abrazarse y sigan llorando apasionadamente, además de un palacio, que fue de Cortés, con una silueta acastillada y sombría.


“¡Ah, pero todo esto pudo haber parecido razón suficiente para poner el mundo entero entre ellos y Quauhnáhuac! (…) como si, de alguna manera, se hubiera transferido a estas montañas violáceas que se erguían en su derredor, tan misteriosas con sus minas de plata secretas, tan retiradas y, no obstante, tan cercanas, tan inmóviles; y de estas montañas emanaba una rara fuerza melancólica que trataba de retenerlo aquí corporalmente, y era esta fuerza su propio peso, el peso de muchas cosas pero, sobre todo, el peso del dolor” (Bajo el volcán, Capítulo I).
FG
Quauhnáhuac
22.09.18

Fotografía Archivo de La Casona Spencer

lunes, 10 de septiembre de 2018

Yvonne

Fotografía de Óscar Menéndez

Caminaba por Quauhnáhuac percutiendo y raspando ágilmente sus tacones por la calle… Coqueteó y se relacionó con Laruelle y Hugh y, cuando estuvo de vuelta, preguntó al Cónsul si Hugh sabía que se habían divorciado. Junto a ella nadie habría podido sospechar su agonía. Nadie hubiera advertido su carencia de fe ni preguntado si sabía a dónde iba ni se hubiese asombrado de que estuviese caminando dormida.
Geoffrey Firmin la conoció en Granada, España, en 1935 y pasearon juntos en los jardines del Generalife, los jardines de la Alhambra y el bar Hollywood. Se casaron en Granada y luego fueron a vivir a México, pero en diciembre de 1937 Yvonne lo abandonó y le envió, a través de su abogado, la noticia de su divorcio. Vivieron en la Ciudad de México, Oaxaca y Quauhnáhuac, no tuvieron hijos y, junto a él, muchas veces ella sintió que su alma se desgarraba…
Pero, contra todos los pronósticos, Yvonne volvió, segura de amarlo, para sacarlo del abismo de perdición donde se encontraba y para salvarse a sí misma. Volvió en un pequeño avioncito que parecía un diablo rojo y tenía la sensación de estar entrando a la bahía de Acapulco “en medio de un huracán de inmensas mariposas que, espléndidas, se precipitaban mar adentro para recibir al Pennsylvania” (Bajo el volcán, Cap. II).
Yvonne Constable o Yvonne Griffaton o “El Diablillo de Honolulú” nació en Hawái donde conoció los primeros volcanes de su vida, aunque no el más querido que lo aguardaba en Quauhnáhuac. A los doce años era una muchacha desobediente y loca por el beisbol. Fue actriz desde los catorce años. Estudió en la Universidad de Hawái donde siguió un curso de astronomía. En Hollywood a los 24 años se encontraba en camino de convertirse en estrella.
Cuando actuaba en aquellas películas del Oeste, la gente decía: “no es bonita, pero va a ser hermosa”. A los veinte, seguían diciendo lo mismo y a los veintisiete, cuando ya se había casado con el Cónsul, seguía siendo verdad. “Daba la impresión de alguien que aún va a ser”.
La nariz respingada, las orejas diminutas, los ojos cálidos y oscuros, la boca ancha de labios carnosos y la barba ligeramente débil. Era un rostro brillante y fresco que podía desplomarse, según decía Hugh, como un montón de cenizas.
Escribió  numerosas cartas que Geoffrey nunca leyó y cuando regresó encontró al Cónsul en el bar del Hotel Bella Vista en las primeras horas de la mañana, luego salieron “a la calle: cuando la atravesaron, Yvonne se alegró de la excusa que le ofrecía la vitrina de la imprenta para aliñarse un poco. (…) Desde el espejo del escaparate la criatura oceánica que le devolvía la mirada estaba a tal grado impregnada y bronceada por el sol y acariciada por la brisa marina y la espuma que, a pesar de que hacía los furtivos movimientos de la vanidad de Yvonne, parecía cabalgar sobre la resaca, más allá del dolor humano. Pero el sol tornaba el dolor en veneno, y un cuerpo radiante sólo servía para mofarse de un corazón adolorido; Yvonne lo sabía, aunque aquella bronceada criatura, hija de las olas, de la orilla del mar y de hierbas peinadas por el viento, lo ignorase” (Bajo el volcán, Cap. II).
Pasó sin entender algunas cosas, por ejemplo, cuando el Cónsul mencionaba la lechería pensando en lechery, pero entendió otras muy a fondo como puede verse en las cartas que el Cónsul va leyendo en el Capítulo XII oyendo, por encima de todo, la voz de Yvonne, amada, intolerable, que pronto habría de perderse…
FG
Quauhnáhuac
10.09.18

lunes, 27 de agosto de 2018

Geoff



La madre de Geoffrey Firmin o “Frijolillo” o “Ése Frijolillo” o Geoff, había muerto en Cachemira cuando él era niño y su padre, que se había vuelto a casar, desapareció un año después en el Himalaya, dejando en Srinagar a Geoffrey con su madrastra y con su hermanastro Hugh que era un niño de brazos, después, como si no bastara, la madrastra murió dejando a los niños en la India. Había en “Ése Frijolillo” un aire de indefensión que desarmaba y, al mismo tiempo, de lealtad que edificaba. En compañía de M. Laruelle a quien, muchos años después encontraría en Quauhnáhuac, visitó la primera taberna, cuando aún era menor de edad, en Leasowe, el pueblo donde vivían los Taskerson, que se llamaba “Ya no es lo mismo”. Cuando se hizo mayor y después de un Consejo de Guerra, ganó una codiciada condecoración: la Cruz Británica por Servicios Distinguidos y era el Cónsul británico en la Sinecura de Quauhnáhuac. También fue, según pensaba M. Laruelle una especie de “Pseudo Lord Jim” viviendo un exilio voluntario y meditando en su honor perdido. En México a Geoffrey también le decían “El Bicho” o “Señor Firmin” o “ El Señor” o “El Cónsul” o “Escorpía” perseguido por otros escorpías y, una vez, en una cantina, alguien lo confundió con Jesucristo.
Geoffrey Firmin nació en la India, sufrió, se regocijo, amó y fue amado, bebió incesantemente buscando redención y acabó muerto, como mandan los cánones. Pero, lo que nos importa de Geoffrey Firmin, como de la vida de cualquier otra persona, son los detalles: la manera de salvar los escollos, la gracia para reír, para ponerse los zapatos sin calcetines, para fumar, para usar el bastón o desayunarse mientras el viento hincha las cortinas y lo hace navegar mar adentro, hacia el poniente de este mar brillante; su ansiedad, los recovecos de su mente consciente, su desesperación por atrapar lo inasible, el modo digno o vergonzoso de aceptar el dolor, su entereza para leer montañas de libros, su gusto por Saint Louis Blues, su actitud con la izquierda libertaria y revolucionaria, su práctica en el amor, la fiesta y la desolación; su enorme velocidad mental, su intolerancia con los lerdos, su carácter iracundo. Su historia es la de cualquiera de nosotros: hijo, ciudadano, persona, esposo, amante, veterano de la guerra, a quien le tocaron, igual que a todos, malos tiempos en que vivir.
“Los Borrachones seguían cayendo eternamente en las llamas. M. Laruelle, que no había advertido nada, reapareció, resplandeciente con sus pantalones blancos, tomó su raqueta de la parte superior de un librero; el Cónsul encontró el bastón y las gafas oscuras, y ambos bajaron juntos por la escalera de caracol.
—‘Absolutamente necesario’ — afuera, detúvose el Cónsul y se volvió.
No se puede vivir sin amar, eran las palabras escritas en la casa. En la calle no soplaba el menor viento y ambos caminaron un trecho sin proferir palabra, escuchando sólo el babel de la fiesta que iba en aumento a medida que se aproximaban a la ciudad. Calle de la Tierra del Fuego, 666” (Bajo el volcán, Capítulo VII).

FG
Quauhnáhuac
27.08.18

martes, 14 de agosto de 2018

El volcán...

M. Laruelle finished his drink. (…) What had happened just a year ago today seemed already to belong in a different age. One would have thought the horrors of the present would have swallowed it up like a drop of water. It was not so. Though tragedy was in the process of becoming unreal and meaningless it seemed one was still permitted to remember the days when an individual life held some value and was not a mere misprint in a communiqué. He lit a cigarette. Far to his left, in the northeast, beyond the valley and the terraced foothills of the Sierra Madre Oriental, the two volcanoes, Popocatepetl and Ixtaccihuatl, rose clear and magnificent into the sunset.
Under the Volcano, Chapter 1










M. Laruelle terminó su copa. (…) Cuanto había ocurrido hacía hoy exactamente un año, parecía pertenecer ya a una era distinta. Se hubiera podido creer que los horrores del presente lo habían engullido como una gota de agua. Pero no había sido así. Aunque la tragedia estaba transformándose en algo irreal y sin significado, parecía que aún era permitido recordar los días en que la vida personal tenía algún valor y no era una simple errata en algún comunicado. Encendió un cigarrillo. Lejos, a su izquierda, en el nordeste, más allá del valle y de los contrafuertes en forma de terraza de la Sierra Madre Oriental, ambos volcanes, Popocatépetl e Iztaccíhuatl, se erguían majestuosos y nítidos, contra el fondo del crepúsculo. 
Bajo el volcán, Capítulo I

domingo, 22 de julio de 2018

El jardín

In this garden, which he hadn’t looked at since the day Hugh arrived, when he’d hidden the bottle, and which seemed carefully and lovingly kept, there existed at the moment certain evidence of work left uncompleted: tools, unusual tools, a murderous machete, an oddly shaped fork, somehow nakedly impaling the mind, with its twisted tines glittering in the sunlight, were leaning against the fence, as also was something else, a sign uprooted or new, whose oblong pallid face stared through the wire at him. ¿Le gusta este jardín? it asked...

¿LE GUSTA ESTE JARDÍN? 
¿QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!

The Consul stared back at the black words on the sign without moving. You like this garden? Why is it yours? We evict those who destroy! Simple words, simple and terrible words, words which one took to the very bottom of one’s being, words which, perhaps a final judgement on one, were nevertheless unproductive of any emotion whatsoever, unless a kind of colourless cold, a white agony, an agony chill as that iced mescal drunk in the Hotel Canada on the morning of Yvonne’s departure. 

Under the volcano, Chapter 5




En este jardín, que no había vuelto a ver desde la llegada de Hugh (cuando ocultó la botella) y el cual parecía cuidado con amor y esmero, existían por el momento algunas pruebas de trabajos inconclusos: herramientas, inusitadas herramientas —un criminal machete, un rastrillo de forma extraña, que, en cierta manera, empalaba la mente con sus puntas retorcidas y brillantes bajo la luz del sol— se hallaban reclinadas en la valla, así como algo más: un letrero recién arrancado, o tal vez nuevo, cuya faz pálida y oblonga le miraba al través del alambrado. ¿Le gusta este jardín? preguntaba...

¿LE GUSTA ESTE JARDIN?
¿QUE ES SUYO?
¡EVITE QUE SUS HIJOS LO DESTRUYAN!

Inmóvil, el Cónsul contempló las letras negras del cartel. ¿Le gusta este jardín? ¿Por qué es suyo? ¡Expulsamos a quienes destruyan! Palabras simples, simples y terribles palabras, palabras que llegaban hasta el fondo del ser, palabras que, a pesar de que eran quizás un juicio final sobre alguien, no producían, sin embargo, emoción alguna, salvo acaso una agonía descolorida, fría, blanca; agonía tan helada como aquel helado mezcal que bebiera en el Hotel Canadá la mañana en que Yvonne se marchó.

Bajo el volcán, Capítulo V

domingo, 24 de junio de 2018

Las cartas de Geoffrey Firmin



El centro de gravedad de Bajo el Volcán son varias cartas que, como no-botellas lanzadas al mar, nadie nunca encontrará o algunos lectores hallarán, pero no podrán contestar. Se trata de una de las metáforas de la soledad en que nos hallamos “navegando vertiginosamente en un enorme barco negro” y recorriendo la vida en la que escasamente hacemos contacto con otro. El “otro”, esa realidad más allá de nosotros mismos, que nos sirve de espejo y nos permite conocernos y reconocernos, que nos vuelve conscientes de la individualidad y que nos hace ser.
En el capítulo primero M. Laruelle encuentra, en un libro de dramas isabelinos empastado en cuero, una carta que Geoffrey Firmin escribió a Yvonne pero que nunca envió y que esa noche, Laruelle acabará quemando: “Desde diciembre de 1937 cuando te fuiste –y me dicen que es ahora la primavera de 1938- he estado luchando deliberadamente en contra de mi amor por ti. No me atreví a someterme a él. Me he asido a cada raíz y rama que puedan salvarme en este abismo de mi vida, pero no puedo engañarme más. Si he de sobrevivir, necesito tu ayuda…”
Cercano a la muerte y “chupando un limón” en el Farolito, el Cónsul puede leer las cartas que Yvonne le escribió. “Mezcal –dijo el Cónsul” porque, al fin, está listo para recibir de manos de Diosdado, el Elefante, “un grueso paquete de cartas atadas con una liga”. Momentos después amará a María, tendrá tiempo para leer una que otra carta que serán como relámpagos, sus no-botellas lanzadas al mar, discutirá con unos bandoleros que se hacen pasar por policías y saldrá a la intemperie para abrazar la muerte, su muerte. “Oh, Geoffrey, ¡con cuánta amargura lo lamento ahora! ¿Por qué lo aplazamos?...” “Estás caminando el borde de un abismo y no puedo seguirte. Me despierto y me hallo en una oscuridad en la que sin cesar debo seguir mis propios pasos, odiando al yo que eternamente me sigue y se me enfrenta. ¡Si pudiéramos resurgir…!” La voz de Yvonne embruja y deja ver que ella, al igual que Geoffrey, ha luchado contra todo...

FG
Quauhnáhuac
24.06.18

domingo, 17 de junio de 2018

Geoffrey Firmin, sabio


En la Carta a Jonathan Cape del 2 de enero de 1946, explicando el Capítulo 8, Lowry dice: “En cuanto a los ‘zopilotes’, los buitres, añadiría que son mucho más que aves de adorno: en este lugar son una realidad; uno de ellos, por cierto, me observa mientras escribo y su mirada no tiene nada de amistosa; revolotean a lo largo de todo el libro y en el capítulo 9 se convierten, por así decirlo, en arquetipos, en aves prometéicas. Considerados antiguamente por los ornitólogos como las primeras aves, puedo afirmar ahora que tienen muchas posibilidades de ser las últimas”.

Bajo el Volcán está surcada, de principio a fin, por zopilotes que a veces vuelan como si fueran papeles quemados que el aire levanta o se reflejan en las piscinas a mil metros de profundidad, pero siempre en círculos que es como se mueven los sabios. “Derecho, siempre adelante de uno, no se puede ir muy lejos”, dijo El Principito. Los sabios giran, sostenidos en el aire, rondando el misterio que, cuando es verdadero, no puede conocerse separado del velo que lo cubre. El velo, en cierto sentido, es lo que hace visible al misterio, le da presencia o apariencia a lo desconocido. En realidad, un misterio, cuando es verdadero, no es algo que exista para ser resuelto, de hecho elude las soluciones. Más bien se niega a entregar su oscuridad al buscador, aún cuando éste sea un investigador de “ideas brillantes”. Los verdaderos misterios nos inducen a entrar en inusuales estados de conciencia: como si comprendiéramos sin, en realidad, comprender nada. Morar en un misterio y entrar en ese estado de conciencia donde parece que lo comprendemos todo, es la labor del sabio. El sabio no utiliza su racionalidad para investigar, con los elementos que la razón le concede, la solución al misterio de la vida, la muerte o Dios, sino que crea el camino que debe recorrer para llegar al ámbito luminoso y oscuro en donde comprenderá todo sin comprender nada. El Cónsul reza y su plegaria es la de un hombre que teme no haber encontrado la solución a los misterios, pero que los ha visto y ha vivido de ellos y en ellos y por ellos: “permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos...”
FG
Quauhnáhuac
17.06.18


Ilustración de Mafer Rejón

domingo, 10 de junio de 2018

Absolutamente necesario...

But if you look at that sunlight there, ah, then perhaps you’ll get the answer, see, look at the way it falls through the window: what beauty can compare to that of a cantina in the early morning? Your volcanoes outside? Your stars – Ras Algethi? Antares raging south south-east? Forgive me, no. Not so much the beauty of this one necessarily, which, a regression on my part, is not perhaps properly a cantina, but think of all the other terrible ones where people go mad that will soon be taking down their shutters, for not even the gates of heaven, opening wide to receive me, could fill me with such celestial complicated and hopeless joy as the iron screen that rolls up with a crash, as the unpadlocked jostling jalousies which admit those whose souls tremble with the drinks they carry unsteadily to their lips. All mystery, all hope, all disappointment, yes, all disaster, is here, beyond those swinging doors.

Under the Volcano, Chapter 2


Pero si miras ese rayo de sol allí, ¡ah!, quizás tengas la respuesta. Ve; mira cómo entra por la ventana: ¿qué belleza puede compararse a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? ¿Tus volcanes allá afuera? ¿Tus estrellas?... ¿Ras Algethi? ¿Antares enfurecida en el sur sudeste? Perdóname, pero no. No son tan hermosas como por fuerza lo es esta cantina que — decadencia de mi parte— acaso no sea propiamente una cantina; pero piensa en todas aquellas terribles cantinas en donde enloquece la gente, las cantinas que pronto estarán alzando sus persianas, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana de acero que se enrolla con estruendo, como el que me dan las puertas sin candado que giran en sus goznes para admitir a aquellos cuyas almas se estremecen con las bebidas que llevan con mano trémula hasta sus labios. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los desengaños, sí, todos los desastres existen aquí, detrás de esas puertas que se mecen.

Bajo el volcán, Capítulo II

Las Estrellas...














La Estrella...





domingo, 3 de junio de 2018

Las estrellas de La Estrella



La Fundación Malcolm Lowry
invita
a la presentación de la obra de

Víctor Gochez

LAS ESTRELLAS DE LA ESTRELLA

Jueves 7 de junio de 2018
17:00 horas
Cantina La Estrella
Matamoros 31-C
Centro Histórico
Cuernavaca, Morelos
Entrada libre

domingo, 27 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, señor de los perros

En Mesoamérica los perros acompañaron siempre a las personas no sólo mientras pasaban por este mundo sorprendente, sino más allá, en el inframundo. Para ayudar al muerto a vencer las duras pruebas a que debía enfrentarse, se le daba por compañero un perro, que moría con él y caminaba delante guiándolo por las sendas del más allá. Todavía más, ese ser formaba parte del panteón mesoamericano: Xólotl, hermano gemelo de Quetzalcóatl a quien ayudó a robarse los huesos del Mictlan para molerlos y mezclarlos con su sangre y con esa masa hacer la carne de los hombres. Xólotl conocía a la perfección los caminos a través de la corriente y conducía a los muertos al Mictlan.
La alucinante vida que el Cónsul mantuvo en México y que transcurre a lo largo de doce capítulos en Bajo el Volcán, estuvo poblada de perros. Pasan con su alegría y sus penas, flacos, despreciados o amados, arrastrando sus cuerpos por muchas páginas del libro y en la ciento cuarenta y uno de la edición de Era se dice como tautología: “tras ellos caminaba el único ser viviente que compartiera su peregrinación: el perro”.
No parece que Lowry haya estudiado la teología mesoamericana, pero intuyó, observando la vida cotidiana, el notable lugar que tienen los perros en esta sociedad, y logró conectar esta noción con los Cínicos de Grecia, aquellos filósofos que destacaron por defender y practicar un ideal de vida fuera de las convenciones sociales. Además, siguiendo la idea de Jean Levi que dijo: “ningún autócrata ha disfrutado de un poder comparable a aquel del que goza un pobre diablo que tiene la intención de quitarse la vida”, dibujó, en la figura de Geoffrey Firmin, al hombre verdadero que llega a ser poderoso en el momento en que, por decisión propia, es un ser para la muerte. Es por eso que el Cónsul vive una vida de marginado social, muy parecida a la de aquellos hombres sabios de la antigüedad que dormían como perros, comían como perros y acababan muertos como perros. “De pronto gritó, y fue como si este grito fuera proyectado de árbol en árbol, como si sus ecos regresasen y, luego, como si los árboles se cerraran sobre su cabeza, apiñados, se cerrasen sobre su cuerpo, compadecidos... Alguien tiró tras él un perro muerto en la barranca”.

FG
Quauhnáhuac
27.05.18


domingo, 20 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, alquimista




La alquimia surgió entre los griegos y los chinos, los alejandrinos la hicieron progresar al inventar el alambique y, a través de ellos, pasó a los árabes, quienes la introdujeron en Europa entre los siglos XIII y XIV para luego decaer a partir del siglo XVI. Los alquimistas idearon experimentos y perfeccionaron técnicas por las que pretendían lograr la transmutación de los metales. Pero su base era espiritual: a través de la “Gran Obra”, es decir, el hallazgo de la piedra filosofal y el elixir de la inmortalidad, el hombre debía transformarse a sí mismo hasta afirmar su unidad interior y con el Cosmos, del que formaba una parte escindida. Su carácter místico e iniciático llevó a sus practicantes a usar un lenguaje hermético. El Cónsul, como buen alquimista, en muchas ocasiones usa este lenguaje para tratar de las sombras entre las que se mueve y buscar la inmortalidad, de allí el desconcertante anuncio: “¿Le gusta este jardín que es suyo? ¡Evite que sus hijos lo destruyan!”. El Cónsul no aspira a cambiar los metales en oro, ni pretende encontrar la panacea, busca más bien encontrar la permanencia que acaso halló como alquimista, en el último momento: por el fuego... “...caía en el interior del volcán, después de todo debió haberlo ascendido, si bien ahora había ese ruido de lava insinuante que crepitaba en sus oídos horrísonamente, era una erupción, aunque no, no era el volcán, era el mundo mismo lo que estallaba, estallaba en negros chorros de ciudades lanzadas al espacio, con él, que caía en medio de todo, en el inconcebible estrépito de un millón de tanques, en medio de las llamas en que ardía un millón de cadáveres, caí en un bosque, caía...”
En los altos estantes de su biblioteca “miraba, ¡por Dios!, Un Tratado del Azufre, escrito por Michall Sandivogius i. e. en anagrama Divi Leschi Genus Amo: El Triunfo Hermético o la Piedra Filosofal Vencedora, Tratado más completo y más inteligible que cualquiera de los hasta hoy escritos, referente al Magisterio Hermético” y se miraba a sí mismo ¡por Dios!, como alquimista de esos que todavía practican el sutil arte del combate consigo mismo.

FG
Quauhnáhuac
20.05.18

domingo, 13 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, cabalista



Según una antigua tradición la lengua que Dios habla y que enseñó a los hombres en el Jardín, es el hebreo. Se trata de una lengua curiosa porque su escritura carece de vocales, se escriben sólo las consonantes. De allí su ambigüedad y riqueza: el sentido del texto se revela en el momento en que se articula verbalmente o en el que el lector descifra el texto. Por ejemplo “EMET” significa verdad y “MET” muerte, pero como sólo están escritas las consonantes, en realidad la palabra significa ambas cosas para distintos lectores. Muchos pensadores han dicho que la lengua, hablada y escrita, piensa, articula, estructura y reproduce la realidad, pero la mayoría de las lenguas, una vez consolidadas, sólo permiten una única interpretación, mientras que la realidad es multisignificativa. En este sentido el hebreo es una lengua maleable y se parece más al mundo y, como él, permite varias lecturas que aprovecha muy bien la Cábala y El libro del esplendor.
En la antigua literatura hebrea, la Cábala era el cuerpo total de la doctrina recibida, es decir, no sólo la Torá; y las veintidós letras del alfabeto hebreo son las claves para la interpretación. Aquí es donde se ancla la Cábala como un movimiento místico, porque ha entendido que el estudio y la investigación son formas de oración, y exegético porque se ha dedicado a interpretar el texto escrito. Dentro de esta tradición Lowry y con él, el Cónsul, descifra, interpreta, permuta y vincula la relación “yo-mundo”.
El mismo Lowry, en su carta a Jonathan Cape, dice que “...el estrato más profundamente soterrado de la novela, o poema, que la adscribe al mito, lo hace a través de la Cábala.” Firmin vive el último día de su vida como si fuera leyendo un texto escrito de antemano con puras consonantes al que un lector atento y estudioso va poniendo vocales y comprendiendo, en el mismo momento en que va sucediendo, la vida. A lo largo de la novela, el Cónsul está intentando establecer, a través de las Sefirot, la relación entre un mundo inmutable y eterno y el universo perecedero y finito en el que vive: “¿por qué artes fabulosas, sólo comparables por cierto con los caminos y esferas de la sagrada Cábala, habría podido volver a encontrarse en ese estado al que antes había llegado sólo una vez, y muy brevemente, esa misma mañana, ese estado en el que sólo él podía, según ella, «enfrentarse a la situación», ese estado fugaz y precioso —tan difícil de mantener— de ebriedad en que sólo él estaba sobrio?”

FG
Quauhnáhuac
13.05.18

domingo, 6 de mayo de 2018

Geoffrey Firmin, teólogo III

“¿Hubo un Jardín o fue el Jardín un sueño?”, el endecasílabo es de Borges, pero hace crujir las cuadernas de Bajo el Volcán, este barco silente que hiende el Mar de los Sargazos en el viaje que nunca termina y es de la misma trama de la bengala que traza la ruta de la novela: “¿Le gusta este jardín que es suyo?”
“¿Quién hubiera creído jamás que algún desconocido sentado, digamos, en un baño, en el centro del mundo, pensando míseros pensamientos solitarios, pudiera determinar el sino de todos…?”, el Cónsul está pensando el mundo y lo crea y lo destruye a la vez, como los antiguos Dioses Mesoamericanos “Nel mezzo del puerco cammin di nostra vita...”
Es decir, lo que el Cónsul está pensando mientras chupa un limón o se sienta en el baño, es que el Jardín está aquí, es éste, éste que vemos sin ver todos los días, que nos corresponde y del que somos responsables.
No es casual que todo transcurra el dos de noviembre y que haya procesiones y velas y rezos y muertos a la vera del camino y dolente dolore y toros y feria y borrachos y traiciones. “¿O acaso es porque al través del infierno hay un camino, como bien lo sabía Blake, y aunque no lo recorra, en los últimos tiempos he podido verlo a veces en mis sueños? Me parece ver ahora, entre los mezcales, esa vereda, y más allá, extraños paisajes, como visiones de una nueva vida...”
Pero, hay más, aunque para eso se necesita que el sistema nervioso esté electrizado por el rayo del “mezcal, por favor”, la plenitud del Jardín que se extendía al otro lado de la carretera principal con “campos y boscajes entre los cuales serpeaban un río y el camino de Alcapancingo. (Donde) La atalaya de una prisión se elevaba sobre un bosque entre el río y la carretera que se perdía más adelante, allá donde las colinas purpúreas de un paraíso a la Doré desaparecían en la distancia. (Mientras) En la ciudad, las luces del único cine de Quauhnáhuac, que construido en una colina se destacaba notablemente, se encendieron de pronto; vacilaron un momento y volvieron a prenderse…”, es la convicción (emparentada con “convicto” y con “prisión”) de que  ‘No se puede vivir sin amar’.
Eso es todo: no… se… puede… vivir… sin… amar… Ésta es la conditio sine qua non para vivir en el Jardín, el Paraíso Viviente.
¿Le gusta este jardín que es suyo?
FG
Quauhnáhuac
06.05.18


domingo, 29 de abril de 2018

Geoffrey Firmin, teólogo II

En México, el Cónsul alimentó su corazón con “ochas” y mezcal y su mente con ideas novedosas. Aquí vino a encontrar una solución inesperada “…donde un pueblo nativo genial y pleno de color posee una religión que rudimentariamente podríamos describir como una religión de la muerte” (Carta a Jonathan Cape, 2 de enero de 1946). La teología mesoamericana incorporó la contradicción como primicia e hizo del dualismo el principio esencial. Los dioses, creadores y destructores del mundo, son fuerzas sobrenaturales y están enfrentados unos contra otros, el cosmos es el enfrentamiento mismo. Incesantemente, crean y destruyen el mundo, determinando de este modo la corriente, el devenir incesante del cosmos y la existencia del hombre. El dios creador, seguido por el dios destructor, vuelve a crear. El cosmos es un flujo continuo de fuerzas antagónicas en movimiento dinámico.
La tradición judeocristiana por el contrario, esconde la muerte, oculta su cara descarnada y resuelve el conflicto afirmando una vida después de la muerte, una vida eterna con Dios, es decir, negando la muerte. Y, en ese escenario, la tierra es un campo de batalla porque los hombres son de dura cerviz, los domina el instinto malo y pecan. De modo que el mundo es perfecto y Dios es todopoderoso, pero el hombre es débil y por su pecado el mal está en el mundo. Fue el pecado del hombre lo que convirtió el paraíso en un valle de lágrimas. Expiar esa culpa primordial es su misión, pero como continuamente está sucumbiendo, se hizo necesario el “enemigo”, el demonio que siembra la desgracia con maña y perfidia.
En el mundo Mesoamericano la muerte está presente y el baile con ella es cotidiano, en el mundo Judeocristiano la muerte está oculta y desconocida. En el mundo Mesoamericano la muerte es parte de la vida y la construcción cotidiana incluye a ambas, en el mundo Judeocristiano la muerte está negada y es la sanción merecida por la culpa. En el mundo Mesoamericano la muerte es la recompensa de la vida, en el mundo Judeocristiano la muerte es el castigo de la vida.
Pero, a través de la niebla del alcohol y con “el sistema eléctrico un poco descompuesto”, cabe la duda: “¡Oh, Dios! –dijo el Cónsul-, ¡Dios!, si el sueño del sombrío mago… fuera el fin verdadero de este puerco mundo...”
FG
Quauhnáhuac
29.04.18


Miniatura del Museo del Estanquillo
Fotografía de Alberto Rebollo

domingo, 22 de abril de 2018

Leonardo Compañ


Conocí a Leonardo Compañ en la cuadrilla de los lowryanos de Quauhnáhuac, era la época en que la Fundación Malcolm Lowry hacía mucho trabajo de divulgación para dar a conocer al autor de Bajo el volcán, que era desconocido en Cuernavaca. Un día, exhibimos, en La Casona Spencer, Las manos de Orlac con Peter Lorre, allí estaba Leonardo y había traído a sus alumnos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Empezó a explicar la importancia de Las manos de Orlac en la novela, dijo que el título de la película estaba citado dieciocho veces en la novela (no le creí, por supuesto, pero años después supe que era cierto), dijo que Maurice Renard había escrito Les Mains d’Orlac, luego habló de la primera versión cinematográfica de 1924, del cine expresionista alemán, de la versión de 1935 con Peter Lorre bajo la dirección de Karl Freund que también había dirigido El Golem (1920), El último (1924), Metrópolis (1927), Berlín, sinfonía de una ciudad (1927) y después, habló de Peter Lorre y su brillante actuación en Las manos de Orlac y que había trabajado también con Hitchcock en El hombre que sabía demasiado (1934) y leyó el párrafo donde aparece por primera vez el nombre de la película en Bajo el volcán: “Sin aliento, se guareció bajo el pórtico en la entrada del teatro que, no obstante, parecía más bien la entrada de algún lóbrego bazar o mercado. En ella se apretujaban los campesinos que llegaban con sus canastas. Ante la taquilla, vacía por el momento y con la puerta entornada, una gallina solicitaba frenéticamente que se la admitiera (y aquí Leonardo llamó la atención sobre el humor desaforado de Lowry). Por doquier la gente encendía linternas o fósforos. La camioneta con el magnavoz se alejaba en medio de la lluvia y los truenos. ‘Las manos de Orlac’, anunciaba un cartel: ‘6 y 8.30’. ‘Las manos de Orlac, con Peter Lorre’”, y sugirió que para Lowry la película era importante porque le obsesionaba la obsesión del doctor Gogol por Yvonne Orlac, esposa del pianista Stephen Orlac; además, Gogol era un caballero educado y elegante que combinaba esa faceta con otra oscura y perversa, no sólo por la obsesión que sentía hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que lo llevó a asistir a ejecuciones de presos y que eso eran “ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que lo llevan a sentir terror de sí mismo” (Lowry dixit).

Leonardo era un experto, como pocos. Luego se fue a sentar entre los espectadores, en la oscuridad de la sala, como le gustaba estar, tras bambalinas, y empezamos a beber mezcal. Para cuando la película terminó, nosotros estábamos en otra dimensión: habíamos entrado al corazón del Cónsul y de algún modo, inexplicable, por supuesto, lo sabíamos todo. “¡Ah, dijo, todo es tan desmesurado!”.

Hace unos días, Óscar Menéndez me dijo: “Murió Leonardo Compañ”. No lo podía creer. Hablé con Óscar López, el editor de El Perro Azul (¿Se acuerdan?) y me dijo: “Sí, Leonardo murió”. “¡Ah, dije, todo es tan desmesurado!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18




Geoffrey Firmin, teólogo

“El Jefe de Jardineros empujó al Cónsul fuera del alcance de la luz, dio dos pasos adelante y disparó. El relámpago brilló como una oruga geómetra que bajase por el cielo y, tambaleándose, el Cónsul vio por un momento sobre su cabeza la silueta del Popocatépetl empenachado de nieve color esmeralda y bañado de luz…”
La vida tiene un fin abrupto e irremediable y de un momento a otro las personas desaparecen. Ante la insoportable paradoja de una conciencia que surge de la nada para volver a la nada, la mente de los hombres se vio obligada a elaborar un sistema que ayudara a eliminar la angustia de perderlo todo en un instante y prometiera la vida más allá de esta vida atribulada.
Pero el Cónsul Geoffrey Firmin es un agnóstico en el sentido en que el biólogo inglés T. H. Huxley acuñó el término en el siglo XIX, inspirado en la inscripción Agnostos Theos (Al Dios desconocido) que San Pablo afirmó haber visto en un altar de Atenas. El Cónsul está convencido de que nunca será capaz de descifrar los misterios de la creación y, por tanto, se limita a vivir en la finitud. Es la vida de cada día, el sentimiento de la vida de todos los días, la única causa de sentido, aunque, a la vez, nada tan vago, fugitivo y confuso como los días de la vida. Por tanto, no hay conclusiones y lo único sobrenatural es la belleza.
“Y de allí vine a Parián, al Farolito donde estoy sentado ahora, en un cuartito vecino a la cantina, a las cuatro y media de la madrugada, bebiendo ‘ochas’ y luego mezcal y escribiéndote... Creo conocer bastante el sufrimiento físico. Pero lo peor de todo es: sentir que se muere el alma. Me pregunto si, porque en verdad ha muerto mi alma esta noche, siento en este momento algo semejante a la paz…”
El Cónsul, como todos los humanos, impresionado por la muerte, también sistematiza su propia “teología” y su sistema es un intento por reconciliarse con el destino. Sabe que gracias a la muerte existen las pirámides y las catedrales y que la patología y la creatividad de la mente humana son caras de la misma moneda, lo vive en carne propia cada día y trata de llevarlo al límite. “Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes blancas perseguían ágiles, a una luna pálida y jorobada. Bebe toda la mañana, le decían, bebe todo el día. ¡Esto es vivir!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18



domingo, 1 de abril de 2018

La Estrella

El pasado viernes 30 de marzo, La Fundación Malcolm Lowry, en sesión plenaria y extraordinaria, reinauguró La Estrella después de que el edificio sufriera daños en su estructura con el temblor del 19 de septiembre de 2017.

La Cantina La Estrella perteneció desde 1930 a la señora Raquel Chávez y funcionaba en ese tiempo como "expendio" de alcoholes y abarrotes. Fue en 1960 cuando el señor Ignacio Ruiz Rocha compró el lugar para dejarlo, muchos años después, en manos de su hijo Roberto Ruiz que hasta la fecha mantiene la cantina y que se encargó de hacer la restauración para asegurar el funcionamiento de ese lugar sagrado.

Sursum Corda!










La realidad...


“Quédate donde estás –ordenó el Cónsul-. Por supuesto que veo el romántico aprieto en que se encuentran ambos. Vaya divertida la que deben haberse dado ambos todo el santo día sobándose las manos y cachondeándose tetas y chichis, so pretexto de salvarme... ¡Jesús! Pobrecito de mí tan indefenso, no había pensado en eso. Pero ¿ven?, todo se reduce a algo perfectamente lógico: también yo traigo entre manos mi mezquina lucha por la libertad”. Como explicó Malcolm Lowry a Jonathan Cape en su carta del 2 de enero de 1946: “Esta novela habla principalmente, para decirlo con palabras de Edmund Wilson (cuando habla de Gogol), de ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo”. Bajo el Volcán sigue el mismo camino que La Divina Comedia hacia el cielo y el infierno con la diferencia que aquí el cielo está en el mismo lugar en que se encuentra el infierno, es más, hay cielo o infierno sí y sólo sí existen acoplados. La tensión va subiendo a lo largo de la novela y es fácil imaginar a un tensor entre el texto y el lector que aumenta la presión en busca de una salida. Casi al final, mientras el Cónsul se encuentra en la cantina asediado por los policías que acabarán matándolo, él va leyendo fragmentos de cartas de Yvonne y varias veces se ensaya la salida clásica, la del final feliz: “Y ¡Dios mío! ¿Qué esperas? ¿Qué liberación puede compararse a la del amor? Mis muslos arden en deseos de estrecharte. El vacío de mi cuerpo no es sino el hambre que siento de ti. Mi lengua está seca en mi boca por la sed de nuestras palabras”. Pero Lowry no se siente satisfecho y renuncia a dar ese mal paso. Porque es cierto que el amor libera, con la misma intensidad con que, en sentido contrario, avasalla. Los amantes no logran encontrar el equilibrio, siempre acaba escapándoseles. En muchas otras circunstancias nos sucede lo mismo: por un momento estamos en el paraíso y casi inmediatamente, en el infierno. Infierno y paraíso son caras de la misma moneda, no es que uno sea bueno y otro malo, o feo y bonito, o placentero y repugnante, no. Es que ambos, son como son, y son en el mismo espacio y tiempo. Así ha sido la vida de todos desde los tiempos remotos: victoria y derrota a la vez. La muerte de Yvonne nos libera de la agonía del libro, la muerte del Cónsul nos libera de su agonía en el mundo y la muerte de ambos nos libera de la obligación del éxito. Lowry rompe con la estructura maniqueísta de la construcción del mundo entre polos opuestos; no hay bueno o malo, infierno o cielo, vida o muerte, ser o no-ser. Hay lo que hay, y punto.

FG
Quauhnáhuac
01.04.18