FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

Este blogue foi criado com o intuito de unir a comunidade lowryana de todo o mundo, a fim de trocar ideias e informação sobre o autor, promover a organização de conferências, colóquios e outras actividades relacionadas com a promoção da sua obra. Este é o primeiro sítio trilingue feito no México sobre o tema. Cuernavaca, México.


Malcolm Lowry Foundation


This blog was created to comunicate all lowry scholars, fans and enthusiastics from around the world in order to promote the interchange of materials and information about the writer as well as organize events such as lectures, colloquiums and other activities related to the work of the author. Cuernavaca, Mexico.


FONDATION MALCOLM LOWRY

Ce blog a été crée dans le but de rapprocher la communauté lowryenne du monde entier afin de pouvoir échanger des idées et des informations sur l'auteur ainsi que promouvoir et organiser des conférences, colloques et autres activités en relation avec son oeuvre. Cuernavaca, Morelos, Mexique.

miércoles, 28 de junio de 2017

Más música

But someone had called him compañero too, which was better, much better. It made him happy. These thoughts drifting through his mind were accompanied by music he could hear only when he listened carefully. Mozart was it? The Siciliana. Finale of the D minor quartet by Moses. No, it was something funereal, of Gluck’s perhaps, from Alcestis. Yet there was a Bach-like quality to it. Bach? A clavichord, heard from far away, in England in the seventeenth century. England. The chords of a guitar too, half lost, mingled with the distant clamour of a waterfall and what sounded like the cries of love.
Under the Volcano Chapter 12





Pero también, alguien le había llamado «compañero», lo cual era mejor, mucho mejor. Eso lo hacía feliz. Acompañaba a estos pensamientos que iban a la deriva por su mente una música que sólo podía escuchar si oía con atención. ¿Era Mozart, por casualidad? La Siciliana. Final del cuarteto en re menor por Moses. No, era algo fúnebre, tal vez Gluck, de Alceste. Sin embargo, había en aquella música algo que recordaba a Bach. ¿Bach? Un clavicémbalo que se oía desde muy lejos, en Inglaterra, en el siglo diecisiete. Inglaterra. Las cuerdas de una guitarra, también, alejándose un poco, se mezclaban al lejano clamor de una cascada y a lo que sonaba como los jadeos del amor.
Bajo el volcán Capítulo XII

miércoles, 21 de junio de 2017

No se puede vivir sin amar

“No se puede vivir sin amar, como ese estúpido escribió en mi casa” dijo Jacques Laruelle en un arranque de furia, mientras que Yvonne iba y venía en el fondo de su memoria polvorienta, huyendo primero para luego volver un poco antes de que el cartero entregara al Cónsul la tarjeta que ella misma había mandado desde California un año antes: “Queridísimo: ¿por qué me marché? ¿por qué me dejaste ir?”
“No se puede vivir sin amar...” Pero, ¿qué es el amor? Cuando Yvonne preguntó: “¿no te queda nada de ternura ni de amor por mí?”, Geoffrey no contestó y pensó para sí mismo que nunca podría perdonar lo bastante, nunca podría olvidar “cuánto había sufrido, sufrido, sufrido, sin ella; ciertamente que nunca en su vida —salvo cuando murió su madre— había conocido semejante desolación y tan desesperado sentimiento de abandono, de despojo, como durante este último año sin Yvonne. Pero nunca con su madre pudo sentir esta emoción de ahora: este urgente deseo de herir, de provocar en un momento en que sólo el perdón podía salvar el día; más bien ese deseo comenzó con su madrastra, y llegó a tales extremos que ella tenía que gritar: —¡No puedo comer, Geoffrey, la comida no me pasa por la garganta!— era duro perdonar, duro, duro, perdonar. Aún más duro, por no decir cuán duro era, te odio. Ahora mismo, de preferencia a cualquier otro momento. Aunque aquí estaba el momento de Dios, la oportunidad para estar de acuerdo, para producir la tarjeta, para cambiarlo todo...”
Tarea harto difícil es morirse de amor y aceptarlo. Supone abandonarse, hacer un lado el yo y sus exigencias para ser con el otro, para ser el otro, para llegar al andrógino original. Como el Cónsul, hay que andar un largo, largo camino para hallar lo que está enfrente, lo que siempre estuvo enfrente pero no veíamos y, cuando al fin lo encontramos y lo tenemos al alcance de la mano, surge la rabia y viene la furia y brotan las ganas de acabar con todo, de destruir para recomenzar, de quemar todo para que, una vez pasado por el fuego, el corazón renazca libre. La lección de Geoffrey Firmin es que siempre acabamos persiguiendo la sombra, el silencio, el olvido, los volcánicos pulsos de la tierra manando incandescencias…

FG
 
 

viernes, 2 de junio de 2017

¡Borraaacho!

En el crepúsculo del día de muertos de 1939, el doctor Arturo Díaz Vigil y M. Jacques Laruelle, vestidos de franela blanca, bebiendo Anís del Mono después de haber jugado al tenis y al billar, nos contarán lo que había pasado un año antes: “Pero, ‘¡hombre!’ ¡Yvonne volvió! Eso es lo que nunca podré entender. ¡Volvió a su lado!” y lo encontró en el bar del Hotel Bella Vista en las primeras horas de la mañana, después “volvieron a salir a la calle: cuando la atravesaron, Yvonne se alegró de la excusa que le ofrecía la vitrina de la imprenta para aliñarse un poco. (…) Desde el espejo del escaparate la criatura oceánica que le devolvía la mirada estaba a tal grado impregnada y bronceada por el sol y acariciada por la brisa marina y la espuma que, a pesar de que hacía los furtivos movimientos de la vanidad de Yvonne, parecía cabalgar sobre la resaca, más allá del dolor humano. Pero el sol tornaba el dolor en veneno, y un cuerpo radiante sólo servía para mofarse de un corazón adolorido; Yvonne lo sabía, aunque aquella bronceada criatura, hija de las olas, de la orilla del mar y de hierbas peinadas por el viento, lo ignorase.” De la mano de esta extraordinaria mujer e iluminado por el mezcal, “única luz en las tinieblas” (Camus dixit), Geoffrey Firmin vio una de las maniobras entre el infierno y el paraíso sobre el candente polvo de Quauhnáhuac: la desolación del amor, el desaforado ímpetu de la soledad, el júbilo de la fiesta, la aflicción de no haber sido feliz, la fina membrana que defiende la vida sobre el planeta tierra y el mar inacabable de la muerte. Vio también los horrores del mundo y el indecible júbilo que concede el hecho de dejar todo y largarse. Amezcalado percibió el lado oculto de las cosas, aquello que la mente discursiva no ve porque no cabe en sus esquemas rígidos y aberrantes la multiforme variedad del mundo.

En el último capítulo de Bajo el volcán Geoffrey está listo y por eso es rotundo: “—Mezcal —dijo el Cónsul. El cuarto principal de ‘El Farolito’ estaba desierto. Desde un espejo que, colgado tras el bar, también reflejaba la puerta abierta a la plaza, su propio rostro, mudo, lo miró fijamente…”

El mezcal consiente el movimiento entre las sombras, rompe la rigidez de la mente, expande el horizonte de nuestro conocimiento racional que analiza pero no comprende y abre las puertas a lo múltiple, lo diverso, lo disímil, lo inasible, lo contradictorio. A la luz del mezcal el mundo se comporta distinto, tiene voluntad, se mueve, toma sus propias decisiones, parece vivo, como si fuera un formidable animal que sufriera comezones en el lomo. El mezcal arrastra la conciencia y la hunde, pone de manifiesto la verdad y abre la posibilidad del perdón que es también olvido. Pero, ‘El Farolito’ “no estaba en silencio. Lo invadía aquel latido: el tic-tac de su reloj de pulsera, de su corazón, de su conciencia, de algún otro reloj. También, de muy abajo, venía un lejano rumor de hirientes y amargas acusaciones que él mismo lanzaba contra su propia desdicha, voces como de un altercado, la suya más potente que las demás, mezclada ahora a las otras que parecían gemir acongojadas en la distancia: —¡‘Borracho’, ‘Borrachón’, ‘Borraaacho”!”…
 
FG
 
 

domingo, 14 de mayo de 2017

La música

Closing his eyes again, standing there, glass in hand, he thought for a minute with a freezing detached almost amused calm of the dreadful night inevitably awaiting him whether he drank much more or not, his room shaking with daemonic orchestras, the snatches of fearful tumultuous sleep, interrupted by voices which were really dogs barking, or by his own name being continually repeated by imaginary parties arriving, the vicious shouting, the strumming, the slamming, the pounding, the battling with insolent archfiends, the avalanche breaking down the door, the proddings from under the bed, and always, outside, the cries, the wailing, the terrible music, the dark’s spinets: he returned to the bar.

Under the Volcano, Chapter 12




 



Volviendo a cerrar los ojos, de pie, con la copa en una mano, pensó por un momento con glacial tranquilidad, indiferente y casi divertida en la horrible noche que inevitablemente le aguardaba, siguiese o no bebiendo mucho más, y en su cuarto cimbrándose con demoniacas orquestas, en las ráfagas de sueño aterrado y tumultuoso, interrumpido por voces que en realidad eran ladridos de perros, o por su propio nombre repetido sin cesar por imaginarios grupos que iban llegando, en los malévolos gritos, en el tañer de las guitarras, en los portazos, los golpes, la lucha con insolentes archidiablos, en el alud que derrumbaba la puerta, en los pinchazos desde debajo de la cama y, siempre afuera, en los gritos, los gemidos, la terrible música, las espinetas en la oscuridad; regresó a la cantina.

Bajo el volcán, Capítulo XII

jueves, 20 de abril de 2017

Grado 0

Puntuales a la cita fueron llegando los invitados a la celebración del centenario de La Estrella. "¡Un siglo!", decían, "vaya, qué pronto se hace tarde", y entraron a la cantina por las puertas que seguían meciéndose como las puertas del cielo y chocaron las manos y las copas y los vasos y las botellas y fueron metiéndose poco a poco en el mar de la ebriedad buscando siempre el punto de equilibrio que está más allá, en el fondo de la barranca o encima del volcán, pero siempre lejos, siempre inalcanzable y comenzaron a oír el eco que venía retumbando desde lejos: "Quauhnáhuac era, en este aspecto, como el tiempo: por doquier que se mirase estaba aguardando el abismo a la vuelta de la esquina. ¡Dormitorio para zopilotes y ciudad de Moloch!..." y sintieron un temblor que no quedaba claro si era de este mundo, de la carne, o de aquella parte del cuerpo que antes se llamaba espíritu y se movían entre las sillas y las mesas de La Estrella tratando de encontrar un acomodo a modo, una forma de ser que dejara ver a los otros que somos nosotros para armar el puente necesario y en ese instante recordaron que "en este mismo puente el Cónsul le sugirió alguna vez que hiciese una película sobre la Atlántida. Sí, asomado de la misma manera, ebrio (aunque dueño de sí) coherente, un tanto loco, un tanto impaciente —fue una de esas ocasiones en que el Cónsul había bebido hasta la sobriedad— le había hablado sobre el espíritu del abismo, sobre el dios de la tempestad, el ‘huracán’..." (Bajo el volcán, Capítulo I), todo y más y también eso de que todos hablaban y nada tenía significado porque nadie oía nada y todos hablaban solos, hablando para sí mismos, como en una inmensa Torre de Babel, pero a la vez todos entendían y se oía, como una gritería, aquello de Rimbaud: "¡Somos tantos los condenados en la tierra!" (Una temporada en el infierno) y siguieron buscando el equilibrio anhelado...
FG

La fiesta













domingo, 16 de abril de 2017

Magnetismo

"What magnetism drew these quaking ruined creatures into his orbit? Cervantes led the way behind the bar, ascended two steps, and pulled a curtain aside. Poor lonely fellow, he wanted to show him round his house again. The Consul made the steps with difficulty. One small room occupied by a huge brass bedstead. Rusty rifles in a rack on the wall. In one corner, before a tiny porcelain Virgin, burned a little lamp. Really a sacramental candle, it diffused a ruby shimmer through its glass into the room, and cast a broad yellow flickering cone on the ceiling: the wick was burning low. Mistair,’ Cervantes tremulously pointed to it. ‘Señor. My grandfather tell me never to let her go out.’ Mescal tears came to the Consul’s eyes, and he remembered sometime during last night’s debauch going with Dr Vigil to a church in Quauhnahuac he didn’t know, with sombre tapestries, and strange votive pictures, a compassionate Virgin floating in the gloom, to whom he prayed, with muddily beating heart, he might have Yvonne again".
Under the Volcano, Capter 10





"¿Qué magnetismo atraía a estas trémulas y ruinosas criaturas hacia su órbita? Cervantes se adelantó indicándole el camino por detrás del mostrador, subió dos escalones y corrió una cortina. ¡Pobre tipo solitario!, quería volver a enseñarle su casa. El Cónsul ascendió los escalones con dificultad. Un pequeño cuarto ocupado por una enorme cama metálica. Rifles enmohecidos en una percha de la pared. En un rincón, ante la diminuta Virgen de porcelana, ardía una veladora. Vela sacramental en realidad, derramaba en el cuarto un mortecino resplandor rubescente al través del cristal y formaba un amplio cono amarillo que temblaba en el techo: la mecha ardía débilmente. — Míster —temblando, Cervantes apuntó hacia ella—. ‘Señor’. Mi abuelo me dijo que nunca la dejara apagarse —lágrimas de mezcal aparecieron en los ojos del Cónsul y recordó algo que aconteció en la parranda de la noche anterior cuando, acompañado del doctor Vigil, fueron a una iglesia de Quauhnáhuac que no conocía y en la que había oscuros gobelinos y extraños ex-votos pintados, una Virgen piadosa que flotaba en la penumbra, a la cual rogó con el corazón palpitante de pesadumbre por que Yvonne volviera".
Bajo el volcán, Capítulo X

El barman de La Estrella

 
 

miércoles, 12 de abril de 2017

Lowry en el espejo




Hay varias clases de bebedor, pero el tipo de bebedor que es Malcolm Lowry, piensa con rapidez e imaginación, descubre interrogantes de fondo a las que es capaz de buscar soluciones novedosas siguiendo una lógica intuitiva. Invariablemente siente la imperiosa necesidad de quitarse del cuello el collar que lo aprisiona y lo consigue cuando logra salirse de la cotidianidad para vivir en el límite, como uno más de los marginados sociales. En él se percibe el poderoso embrujo del mezcal y sus ritos y misterios, y en él es válida la aseveración de C. G. Jung: “Alcohol en latín es spiritus y se utiliza la misma palabra para la más alta experiencia religiosa, al igual que para el más depravante veneno. Por lo tanto, la fórmula útil es spiritus contra spiritum” (carta de Jung a Bill W., Kusnacht Zurich, 30 de enero de 1961).

Esta clase de bebedor fue el que halló Yvonne en el bar del hotel Bella Vista, la mañana del dos de noviembre de 1938. Era Geoffrey Firmin, el Cónsul, había bebido en los últimos meses no para llegar a la estolidez sino para encontrar la fosforescencia en donde nadie la ve. Siguiendo su propio camino con intrepidez y coraje, se encontraba navegando en busca de una ruta entre la maraña aparente del mundo para ver más allá, a través de todas las ilusiones. El personaje que Malcolm Lowry cinceló para la posteridad nada tiene que ver con el virtuosismo orgulloso de la “gente buena” que a menudo nos sorprende tanto porque nunca pueden resquebrajar, a pesar de su “bondad”, el duro cascarón de la autocomplacencia y la mentira. Tal vez por eso Bajo el Volcán es una obra maestra. Pero no sólo por eso, en realidad Firmin es capaz de dejarnos perplejos, casi en cada una de las páginas de la novela, con su delicadísima comprensión de la experiencia estética, como si se tratara de una bofetada de luz:

“¿Qué belleza puede compararse al de una cantina en las primeras horas de la mañana? ¿Tus volcanes allá afuera? ¿Tus estrellas? ¿Ras Algethi? ¿Antares enfurecida en el sur sudeste? Perdóname, pero no. No son tan hermosas como por fuerza lo es esta cantina que acaso no sea propiamente una cantina; pero piensa en todas aquellas terribles cantinas en donde enloquece la gente, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana de acero que se enrolla con estruendo. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los engaños, sí, todos los desastres existen aquí, detrás de esas puertas que se mecen”.
 
FG
 

martes, 4 de abril de 2017

Inauguración

La inauguración de la celebración del centenario de La Estrella fue la develación de la placa conmemorativa.






Abraza la vida, abraza la muerte

Una copia ampliada del grabado "Abraza la vida, abraza la muerte" del maestro Alejandro Aranda fue emplazada en La Estrella como parte de la celebración del Centenario. El maestro Aranda estuvo presente y su participación fue un momento importante del evento.
 







 

Dany Hurpin leyó el párrafo del Capítulo II de Bajo el volcán de donde está tomada la frase de la placa conmemorativa y contextualizó la cantina como arena donde luchan la luz y las tinieblas.

lunes, 3 de abril de 2017

No está enteramente oscuro!

El Cónsul, Geoffrey Firmin, sentado en la cantina, está haciendo lo esencial (aunque parece que está haciendo nada) mientras sigue, sin duda alguna, aquella máxima de Marco Poncio Catón (95-45 a de C) que dice: “nunca hacía más que cuando nada hacía y nunca se hallaba menos solo que cuando estaba solo”. Porque metido en la cantina, el Cónsul está en la arena donde se enfrentan los problemas fundamentales del hombre. Es un acto de soledad que tiene un sentido estético profundo y que, paradójicamente, enaltece su vida porque nos involucra: a fin de cuentas todos somos sólo uno. “La vida de un extraño” que vive el Cónsul lo tiene desconectado del mundo tratando de encontrar las últimas razones: el sentido del nacimiento y la muerte, arriba de él y “encima de la ciudad, en medio de la noche oscura y tempestuosa, la rueda” está girando... Necesita resolver el misterio y apenas tiene tiempo: ese día debe morir...
FG

Centenario


Placa conmemorativa

Nayeli Sánchez, Óscar Menéndez, Dany Hurpin y Frédéric-Yves Jeannet elaborando la placa para la conmemoración del centenario de La Estrella y el homenaje a Malcolm Lowry.







lunes, 27 de marzo de 2017

Centenario de La Estrella



La Fundación Malcolm Lowry
invita a la develación de la placa
por los 100 años de la cantina La Estrella
y en homenaje a Malcolm Lowry.
También se inaugurará dentro de la cantina el mural
(ampliación de un grabado de 1.50 m x 1m)
del artista Alejandro Aranda
"Abraza la vida, abraza la muerte"

Miércoles 29 de marzo, 17h
Matamoros #31, centro. Cuernavaca, México.
Habrá Mezcal del Cónsul y se les pide venir con la cartera llena,
el consumo es en apoyo a la Estrella.

La cantina

‘But look here, hang it all, it is not altogether darkness,’ the Consul seemed to be saying in reply to her, gently, as he produced a half-filled pipe and with the utmost difficulty lit it, and as her eyes followed his as they roved around the bar, not meeting those of the barman, who had gravely, busily effaced himself into the background, ‘you misunderstand me if you think it is altogether darkness I see, and if you insist on thinking so, how can I tell you why I do it? But if you look at that sunlight there, ah, then perhaps you’ll get the answer, see, look at the way it falls through the window: what beauty can compare to that of a cantina in the early morning? Your volcanoes outside? Your stars – Ras Algethi? Antares raging south south-east? Forgive me, no. Not so much the beauty of this one necessarily, which, a regression on my part, is not perhaps properly a cantina, but think of all the other terrible ones where people go mad that will soon be taking down their shutters, for not even the gates of heaven, opening wide to receive me, could fill me with such celestial complicated and hopeless joy as the iron screen that rolls up with a crash, as the unpadlocked jostling jalousies which admit those whose souls tremble with the drinks they carry unsteadily to their lips. All mystery, all hope, all disappointment, yes, all disaster, is here, beyond those swinging doors. And, by the way, do you see that old woman from Tar-asco sitting in the corner, you didn’t before, but do you now?’ his eyes asked her, gazing round him with the bemused unfocused brightness of a lover’s, his love asked her, ‘how, unless you drink as I do, can you hope to understand the beauty of an old woman from Tarasco who plays dominoes at seven o’clock in the morning?’
(Lowry, Under the Volcano, 2)




—Pero óyeme, ¡maldita sea!, no está enteramente oscuro — parecía contestarle el Cónsul con amabilidad, mientras sacaba una pipa a medio llenar y con máxima dificultad la encendía, en tanto que Yvonne seguía con su mirada la del Cónsul que erraba en el bar sin encontrar los ojos del cantinero, el cual, grave y aparentando estar ocupado, se eclipsaba en la oscuridad—, no me comprendes si crees que cuanto veo es del todo oscuro; y si insistes en creerlo, ¿cómo puedo decirte por qué lo hago? Pero si miras ese rayo de sol allí, ¡ah!, quizás tengas la respuesta. Ve; mira cómo entra por la ventana: ¿qué belleza puede compararse a la de una cantina en las primeras horas de la mañana? ¿Tus volcanes allá afuera? ¿Tus estrellas?... ¿Ras Algethi? ¿Antares enfurecida en el sur sudeste? Perdóname, pero no. No son tan hermosas como por fuerza lo es esta cantina que — decadencia de mi parte— acaso no sea propiamente una cantina; pero piensa en todas aquellas terribles cantinas en donde enloquece la gente, las cantinas que pronto estarán [59] alzando sus persianas, porque ni las mismas puertas del cielo que se abrieran de par en par para recibirme podrían llenarme de un gozo celestial tan complejo y desesperanzado como el que me produce la persiana de acero que se enrolla con estruendo, como el que me dan las puertas sin candado que giran en sus goznes para admitir a aquellos cuyas almas se estremecen con las bebidas que llevan con mano trémula hasta sus labios. Todos los misterios, todas las esperanzas, todos los desengaños, sí, todos los desastres existen aquí, detrás de esas puertas que se mecen. Y, a propósito ¿ves aquella anciana de Tarasco sentada en el rincón? Antes no podías, pero ¿la ves ahora? — preguntaban los ojos del Cónsul mientras recorrían en torno suyo con la lucidez estupefacta y extraviada de un enamorado—, ¿cómo esperas comprender, a menos de que bebas como yo, la hermosura de una anciana de Tarasco que juega al dominó a las siete de la mañana?
(Lowry, Bajo el volcán, Capítulo II)