FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

Este blogue foi criado com o intuito de unir a comunidade lowryana de todo o mundo, a fim de trocar ideias e informação sobre o autor, promover a organização de conferências, colóquios e outras actividades relacionadas com a promoção da sua obra. Este é o primeiro sítio trilingue feito no México sobre o tema. Cuernavaca, México.


Malcolm Lowry Foundation


This blog was created to comunicate all lowry scholars, fans and enthusiastics from around the world in order to promote the interchange of materials and information about the writer as well as organize events such as lectures, colloquiums and other activities related to the work of the author. Cuernavaca, Mexico.


FONDATION MALCOLM LOWRY

Ce blog a été crée dans le but de rapprocher la communauté lowryenne du monde entier afin de pouvoir échanger des idées et des informations sur l'auteur ainsi que promouvoir et organiser des conférences, colloques et autres activités en relation avec son oeuvre. Cuernavaca, Morelos, Mexique.

domingo, 22 de abril de 2018

Leonardo Compañ


Conocí a Leonardo Compañ en la cuadrilla de los lowryanos de Quauhnáhuac, era la época en que la Fundación Malcolm Lowry hacía mucho trabajo de divulgación para dar a conocer al autor de Bajo el volcán, que era desconocido en Cuernavaca. Un día, exhibimos, en La Casona Spencer, Las manos de Orlac con Peter Lorre, allí estaba Leonardo y había traído a sus alumnos de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos. Empezó a explicar la importancia de Las manos de Orlac en la novela, dijo que el título de la película estaba citado dieciocho veces en la novela (no le creí, por supuesto, pero años después supe que era cierto), dijo que Maurice Renard había escrito Les Mains d’Orlac, luego habló de la primera versión cinematográfica de 1924, del cine expresionista alemán, de la versión de 1935 con Peter Lorre bajo la dirección de Karl Freund que también había dirigido El Golem (1920), El último (1924), Metrópolis (1927), Berlín, sinfonía de una ciudad (1927) y después, habló de Peter Lorre y su brillante actuación en Las manos de Orlac y que había trabajado también con Hitchcock en El hombre que sabía demasiado (1934) y leyó el párrafo donde aparece por primera vez el nombre de la película en Bajo el volcán: “Sin aliento, se guareció bajo el pórtico en la entrada del teatro que, no obstante, parecía más bien la entrada de algún lóbrego bazar o mercado. En ella se apretujaban los campesinos que llegaban con sus canastas. Ante la taquilla, vacía por el momento y con la puerta entornada, una gallina solicitaba frenéticamente que se la admitiera (y aquí Leonardo llamó la atención sobre el humor desaforado de Lowry). Por doquier la gente encendía linternas o fósforos. La camioneta con el magnavoz se alejaba en medio de la lluvia y los truenos. ‘Las manos de Orlac’, anunciaba un cartel: ‘6 y 8.30’. ‘Las manos de Orlac, con Peter Lorre’”, y sugirió que para Lowry la película era importante porque le obsesionaba la obsesión del doctor Gogol por Yvonne Orlac, esposa del pianista Stephen Orlac; además, Gogol era un caballero educado y elegante que combinaba esa faceta con otra oscura y perversa, no sólo por la obsesión que sentía hacia ella sino por su atracción hacia lo morboso que lo llevó a asistir a ejecuciones de presos y que eso eran “ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que lo llevan a sentir terror de sí mismo” (Lowry dixit).

Leonardo era un experto, como pocos. Luego se fue a sentar entre los espectadores, en la oscuridad de la sala, como le gustaba estar, tras bambalinas, y empezamos a beber mezcal. Para cuando la película terminó, nosotros estábamos en otra dimensión: habíamos entrado al corazón del Cónsul y de algún modo, inexplicable, por supuesto, lo sabíamos todo. “¡Ah, dijo, todo es tan desmesurado!”.

Hace unos días, Óscar Menéndez me dijo: “Murió Leonardo Compañ”. No lo podía creer. Hablé con Óscar López, el editor de El Perro Azul (¿Se acuerdan?) y me dijo: “Sí, Leonardo murió”. “¡Ah, dije, todo es tan desmesurado!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18




Geoffrey Firmin, teólogo

“El Jefe de Jardineros empujó al Cónsul fuera del alcance de la luz, dio dos pasos adelante y disparó. El relámpago brilló como una oruga geómetra que bajase por el cielo y, tambaleándose, el Cónsul vio por un momento sobre su cabeza la silueta del Popocatépetl empenachado de nieve color esmeralda y bañado de luz…”
La vida tiene un fin abrupto e irremediable y de un momento a otro las personas desaparecen. Ante la insoportable paradoja de una conciencia que surge de la nada para volver a la nada, la mente de los hombres se vio obligada a elaborar un sistema que ayudara a eliminar la angustia de perderlo todo en un instante y prometiera la vida más allá de esta vida atribulada.
Pero el Cónsul Geoffrey Firmin es un agnóstico en el sentido en que el biólogo inglés T. H. Huxley acuñó el término en el siglo XIX, inspirado en la inscripción Agnostos Theos (Al Dios desconocido) que San Pablo afirmó haber visto en un altar de Atenas. El Cónsul está convencido de que nunca será capaz de descifrar los misterios de la creación y, por tanto, se limita a vivir en la finitud. Es la vida de cada día, el sentimiento de la vida de todos los días, la única causa de sentido, aunque, a la vez, nada tan vago, fugitivo y confuso como los días de la vida. Por tanto, no hay conclusiones y lo único sobrenatural es la belleza.
“Y de allí vine a Parián, al Farolito donde estoy sentado ahora, en un cuartito vecino a la cantina, a las cuatro y media de la madrugada, bebiendo ‘ochas’ y luego mezcal y escribiéndote... Creo conocer bastante el sufrimiento físico. Pero lo peor de todo es: sentir que se muere el alma. Me pregunto si, porque en verdad ha muerto mi alma esta noche, siento en este momento algo semejante a la paz…”
El Cónsul, como todos los humanos, impresionado por la muerte, también sistematiza su propia “teología” y su sistema es un intento por reconciliarse con el destino. Sabe que gracias a la muerte existen las pirámides y las catedrales y que la patología y la creatividad de la mente humana son caras de la misma moneda, lo vive en carne propia cada día y trata de llevarlo al límite. “Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes blancas perseguían ágiles, a una luna pálida y jorobada. Bebe toda la mañana, le decían, bebe todo el día. ¡Esto es vivir!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18



domingo, 1 de abril de 2018

La Estrella

El pasado viernes 30 de marzo, La Fundación Malcolm Lowry, en sesión plenaria y extraordinaria, reinauguró La Estrella después de que el edificio sufriera daños en su estructura con el temblor del 19 de septiembre de 2017.

La Cantina La Estrella perteneció desde 1930 a la señora Raquel Chávez y funcionaba en ese tiempo como "expendio" de alcoholes y abarrotes. Fue en 1960 cuando el señor Ignacio Ruiz Rocha compró el lugar para dejarlo, muchos años después, en manos de su hijo Roberto Ruiz que hasta la fecha mantiene la cantina y que se encargó de hacer la restauración para asegurar el funcionamiento de ese lugar sagrado.

Sursum Corda!










La realidad...


“Quédate donde estás –ordenó el Cónsul-. Por supuesto que veo el romántico aprieto en que se encuentran ambos. Vaya divertida la que deben haberse dado ambos todo el santo día sobándose las manos y cachondeándose tetas y chichis, so pretexto de salvarme... ¡Jesús! Pobrecito de mí tan indefenso, no había pensado en eso. Pero ¿ven?, todo se reduce a algo perfectamente lógico: también yo traigo entre manos mi mezquina lucha por la libertad”. Como explicó Malcolm Lowry a Jonathan Cape en su carta del 2 de enero de 1946: “Esta novela habla principalmente, para decirlo con palabras de Edmund Wilson (cuando habla de Gogol), de ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo”. Bajo el Volcán sigue el mismo camino que La Divina Comedia hacia el cielo y el infierno con la diferencia que aquí el cielo está en el mismo lugar en que se encuentra el infierno, es más, hay cielo o infierno sí y sólo sí existen acoplados. La tensión va subiendo a lo largo de la novela y es fácil imaginar a un tensor entre el texto y el lector que aumenta la presión en busca de una salida. Casi al final, mientras el Cónsul se encuentra en la cantina asediado por los policías que acabarán matándolo, él va leyendo fragmentos de cartas de Yvonne y varias veces se ensaya la salida clásica, la del final feliz: “Y ¡Dios mío! ¿Qué esperas? ¿Qué liberación puede compararse a la del amor? Mis muslos arden en deseos de estrecharte. El vacío de mi cuerpo no es sino el hambre que siento de ti. Mi lengua está seca en mi boca por la sed de nuestras palabras”. Pero Lowry no se siente satisfecho y renuncia a dar ese mal paso. Porque es cierto que el amor libera, con la misma intensidad con que, en sentido contrario, avasalla. Los amantes no logran encontrar el equilibrio, siempre acaba escapándoseles. En muchas otras circunstancias nos sucede lo mismo: por un momento estamos en el paraíso y casi inmediatamente, en el infierno. Infierno y paraíso son caras de la misma moneda, no es que uno sea bueno y otro malo, o feo y bonito, o placentero y repugnante, no. Es que ambos, son como son, y son en el mismo espacio y tiempo. Así ha sido la vida de todos desde los tiempos remotos: victoria y derrota a la vez. La muerte de Yvonne nos libera de la agonía del libro, la muerte del Cónsul nos libera de su agonía en el mundo y la muerte de ambos nos libera de la obligación del éxito. Lowry rompe con la estructura maniqueísta de la construcción del mundo entre polos opuestos; no hay bueno o malo, infierno o cielo, vida o muerte, ser o no-ser. Hay lo que hay, y punto.

FG
Quauhnáhuac
01.04.18


domingo, 25 de marzo de 2018

Correlativos...

“Nada ha cambiado, y a pesar de la misericordia de Dios, sigo estando solo. No hay explicación para mi vida... permíteme creer, por favor, que no todo es un abominable engaño de nosotros mismos. Enséñame a amar de nuevo, a amar la vida. Permíteme sufrir en verdad. Haz que me quede de veras solo para que pueda orar honestamente...” A lo largo de cuatrocientas páginas oímos transcurrir el último día de vida del Cónsul en Quauhnáhuac: el lector toma el libro, ese extraño objeto lleno de signos, busca la soledad y se hunde en la sustancia de los sueños: no hay allí deber ser ni categorías morales ni prescripciones ni dictámenes, nadie es poseedor de la verdad y cada uno tiene derecho a ser comprendido. Firmin vive ese día, momento tras momento, lleno de contradicciones; el lector va con él explorando todas las posibilidades de vivir una vida como la del Cónsul. El lector que sufre el encantamiento de Bajo el Volcán, hace suya la antigua fórmula de aquel Quijano, Quijada, Quesada o Quejana que acabó en Quijote: “tengo para mí que voy encantado y con esto me basta”, y se sabe solo en un paraíso infernal rodeado de fantasmas. Todos, el lector, Yvonne, Hugh, Laruelle, el doctor Díaz Vigil y los demás, viven como sospecho que han vivido los animales humanos desde tiempos remotos, dando tumbos y queriendo hacer “doctrina” donde, no sólo no hay, sino que no hace falta. A fuerza de racionalizar se nos escapa la verdad del mundo y, lo que es peor, la verdad de nuestro propio yo. Firmin, por el contrario, a la manera de Penélope, deshace en un solo día la tapicería que urdieron teólogos y filósofos, y nos ofrece un mundo de signos contrarios donde la esencia de la poesía no está en la acción sino en la interrupción de la acción. Al vertiginoso movimiento del mundo contrapone la paz y la dulzura de un atardecer sangrante.

El siglo XVIII hizo suya la frase de Leibniz: nihil est sine ratione, y la mente racional del hombre examinó con avidez el porqué de todas las cosas al punto que llegó a pensar que todo lo que existe es explicable y por tanto calculable, de manera que la persona que desee dar sentido a su vida debe renunciar a cada gesto que no contenga su causa y su propósito. Firmin, por el contrario, encuentra en Quauhnáhuac el camino que lo lleva a la destrucción de ese cosmos racional y llega al extremo de proponer la idea de que la esencia de la poesía está del otro lado de la frase de Leibniz, en lo incalculable, lo inseguro, lo casual, lo imprevisto, lo incierto y por tanto en la confusión y el pasmo. “Nada de nada. Menos que nada. Países, civilizaciones, imperios, grandes hordas perecen sin razón alguna, y su alma y significado perecen junto con ellos para que algún anciano del que quizás nunca hayas oído hablar y que nunca oyó hablar de ellos, que se derrite en Tombuctú y comprueba la existencia del correlativo matemático del ignoratio elenchi con instrumentos anticuados, pueda sobrevivir”.

FG
Casa Xitla
25.03.18


domingo, 18 de marzo de 2018

Quauhnáhuac!


Los Tlalhuicas fundaron Cuauhnáhuac en el costado poniente de la barranca de Amanalco hacia el 1400. Desde entonces, modificándose, pagando el paso del tiempo, desmoronándose y edificándose, sobrevivió a todo y se dispuso para recibir al único Cónsul de su vida. Firmin amó la Cuernavaca de 1930, que fue para él un lugar del mundo convertido en símbolo del mundo y el único donde era posible estructurar una ardua trabazón de nudos amorosos. “Abajo, ligeramente a la derecha, en el gigantesco atardecer encarnado cuyo reflejo sangraba en las piscinas desiertas esparcidas por doquier como otros tantos espejismos, extendíanse la paz y la dulzura de la ciudad”.

Comenzando con aquellos días en que caminaba con los Taskerson y siguiendo “al ebrio mundo que, girando desaforado, precipitábase a la 1:20 p.m. hacia la Mariposa de Hércules”, Firmin llegó a Quaunáhuac después de circular el orbe. Desde los campos de Cape Code, Massachussets, hasta la India y el sur de Inglaterra; vio París y Granada y el norte de Europa; navegó, bamboleándose en el océano, rutas de guerra y de paz y fondeó en los mares más íntimos; recorrió el Himalaya, los Alpes y la tierra fría del norte y, al fin, llegó a Quaunáhuac para vivir en el límite del mundo, porque aquí encontró la frontera de la civilización: “una carretera amplia y hermosa, de estilo norteamericano, entra por el norte y se pierde en estrechas callejuelas para convertirse, al salir, en un sendero de cabras.” Entró por el norte con todos los pertrechos de la cultura judeocristiana y recorriendo las retorcidas calles de la ciudad, subiendo y bajando, asimilando y dejándose nutrir por una cultura de “indios harapientos”, como si fuera procesado en un delicado sistema digestivo, acabó destruyendo su aparato teórico crítico y buscando, por ósmosis y capilaridad, la esencia del ser. Firmin, en Quaunáhuac, devino místico, iniciado en los antiguos ritos del alcohol, y no cualquier alcohol, porque hay grados, sino del mezcal. Así, de pronto se encontró con su contradicción más penetrante: ser a la vez un vidente preocupado por la soledad y un amante inconsolable en busca de una mujer a quien ama y odia a la vez, como debe ser en todo amor profundo.

Además, en Quaunáhuac Firmin se libró de un mal notable que es ya epidemia, ¡Dios nos libre!, la falta de raíces. Porque, aquí, donde todo se reduce a polvo, encontró tierra para quedar bien plantado, arraigado; poderoso y simple. Solamente entró por una carretera de estilo norteamericano, o por las vías de un tren con vagones de estilo europeo, o en un avioncito parecido a un “minúsculo demonio rojo, alado emisario de Lucifer”, y salió al sur, a la sola y dolorosa tierra, con sus caminos surcando el viejo mundo, con sus prodigiosas tardes, con su luna llena de mares, con su Iztaccíhuatl y Popocatépetl, “imagen del matrimonio perfecto”, con sus serpeantes barrancas que van al inframundo y con “algunos zopilotes, más gráciles que las águilas, que aguardaban flotando en lo alto como los papeles quemados que escapan de una hoguera y a los que de pronto se ve volar, meciéndose, hacia arriba”.

FG
Quaunáhuac
18.03.18


Fotografía del archivo de La Casona Spencer

domingo, 11 de marzo de 2018

El poeta!

“En la mente del ángel no hay trenes que se detengan” pensaba el Cónsul mientras se recordaba solo en una estación perdida ya en el tiempo, esperando a Lee Maitland, un ángel rubio, que regresaba de Virginia a las 7:40 de la mañana. Pero, “en la mente del ángel no hay trenes que se detengan y de tales trenes nadie baja, ni siquiera otro ángel, ni siquiera un ángel rubio...” aunque gracias a la memoria, al ángel de Baudelaire no le eran imprescindibles las alas.

Cada palabra que Geoffrey va pensando o diciendo bajo el volcán, en su vertiginosa carrera hacia la muerte, es materia viva que se reproduce originando, no réplicas exactas, sino organismos nuevos re-imaginados y revividos en la riqueza intelectual y emocional de cada lector. Sus palabras son piedras que sobresalen en la corriente del río. Tambaleantes, podemos pararnos en ellas, a pesar de que no son respuestas sino sorpresas. En realidad son piedras huecas, son cavernas, como aquellas otras olvidadas en las entrañas del mundo en cuyo interior podemos ver, maravillados, caballos, búfalos o flacos nadadores remontando vigorosamente las aguas de la memoria. Sus palabras son el registro de lo que domina, desde hace más de veinte mil años, la mente del hombre cazador. Cada palabra es uno de estos templos que el lector deberá ir iluminando para ver lo que las paredes le deparan. Cada palabra es una piedra-cueva-templo que para el lector es lugar sagrado, no gracias a la divinidad, sino por la intempestiva comprensión de la diversidad y del concierto tan desconcertante del mundo. En fin, siguiendo las cavilaciones del Cónsul, llegamos a la poesía, esa que vive como metamorfosis. Y encontramos, lentamente, mientras vamos entrando en el mar de palabras de su mente, la labor de la poesía que es mito, exorcismo, arrumaco, conjuro, blasfemia, plegaria sobre los campos, letanía por la leche y la sangre, himno para el semen, imprecación, presagio del tiempo, abecedario agrícola, fichero histórico, amuleto, almanaque, atlas, mapa del mundo, luz y voz para oficiar en las tinieblas. Y encontramos en Firmin, “El frijolillo”, al poeta. Aquel que nunca se negó a enloquecer y vivió en el exilio, porque aún en medio de la multitud, estaba solo. Poco a poco, extraviándose, filtrando la vida, fue tirando lo que no sirve y conservando sólo los delirios, lo demás era la imposibilidad de ver realizada su intuición más profunda: la correspondencia de los lazos. Enloquecer, para él, no es perder el juicio ni la capacidad de raciocinio sino asumir la actitud del poeta: ser enemigo del estado, el orden, la justicia, la iglesia, el matrimonio, la familia, el honor, la sobriedad, la fama, la vida académica, lo aburrido de la burguesía, el mito del progreso, el saqueo del mundo...

FG
Quauhnáhuac
11.03.18


Fotografía de Gabriela Videla González

sábado, 3 de marzo de 2018

El laberinto

Ilustración: obra de Marcelo Teixeira


Desde hacía muchos años, en realidad desde que su padre desapareció en el Himalaya y, después, cuando todavía era virgen y vivía con los Taskerson, aquellos saludables y robustos muchachos que tomaban cerveza por barriles y devoraban trozos de panza de cordero frita y embutidos de sangre llamados “negros”, para salir enseguida a caminar, furiosos, kilómetros y kilómetros. O luego, durante la guerra, cuando navegaba en el Samaritan, un vapor que había zarpado de Shangai con rumbo a Newcastel cargado de mercurio, antimonio y wolfram y que siguiendo una ruta asaz extraña se encontraba muy al norte esperando a que emergiera el submarino. A pesar de que en esa ocasión todo parecía bajo control porque lograron hacerles creer que se trataba de un buque mercante sin armas hasta que la tripulación del submarino iba a abordarlo. Justo en ese momento cambió de condición y el vapor se convirtió en un dragón que escupía fuego y que dejó al indefenso submarino ardiendo “como cigarro encendido en la vasta superficie del Pacífico”. Desde entonces, digo, Geoffrey se encontraba ya en el laberinto del que no podría salir sino sólo a través de un último acto de magia: despertando!

Ahora, a la una de la tarde del dos de noviembre de mil novecientos treinta y ocho, y mientras esperaba la salida del camión a Tomalín, estaba entrando en la Cantina Terminal El Bosque: “Señora Gregorio, dijo en voz baja, aunque con modulación impaciente y agonizante en su voz. Le había sido difícil encontrar su propia voz; con urgencia precisaba otra copa”, una copa de tequila que la señora Gregorio le sirvió diligentemente mientras le aconsejaba: “debes aceptar las cosas como vienen. No tiene remedio... Yo era una muchacha rechula de mi pueblo –dijo–. Esto –y lanzó una mirada despectiva en torno a la oscura cantinucha– nunca estuvo en mi cabeza. La vida cambia, ¿sabes?” Le faltaban seis horas para abrir la última puerta de su laberinto y estaba aprendiendo a aceptar las cosas como vienen, incluida la dificultad de hallar su propia voz. Además le había costado indecible sufrimiento, le estaba costando, según podemos leer en su bitácora de viaje mientras iba navegando a través de arduos estrechos y densos bancos de niebla por las islas de su mente. Porque él, todo él, en cuerpo y alma, se había convertido en un laberinto dentro del laberinto. Dicho de otro modo, era ya absolutamente incapaz de seguir repitiendo todo ese virtuosismo burgués que tanto aborrecía: “lee la historia. Vuelve mil años atrás. ¿De qué sirve intervenir en su curso inservible y estúpido? Semejante a una barranca atestada de desechos que serpea a través de las edades y desaparece...”

FG
Quauhnáhuac
03.03.18

viernes, 2 de marzo de 2018

Discutiendo con Lucrecio...

The Consul sat on the broken green rocker facing Yvonne. Perhaps it was just the soul, he thought, slowly emerging out of the strychnine into a form of detachment, to dispute with Lucretius, that grew older, while the body could renew itself many times unless it had acquired an unalterable habit of age. And perhaps the soul thrived on its sufferings, and upon the sufferings he had inflicted on his wife her soul had not only thrived but flourished. Ah, and not only upon the sufferings he had inflicted. What of those for which the adulterous ghost named Cliff he imagined always as just a morning coat and a pair of striped pyjamas open at the front, had been responsible? And the child, strangely named Geoffrey too, she had had by the ghost, two years before her first ticket to Reno, and which [76] would now be six, had it not died at the age of as many months as many years ago, of meningitis, in 1932, three years before they themselves had met, and been married in Granada, in Spain? There Yvonne was at all events, bronzed and youthful and ageless: she had been at fifteen, she’d told him (that is, about the time she must have been acting in those Western pictures M. Laruelle, who had not seen them, adroitly assured one had influenced Eisenstein or somebody), a girl of whom people said, ‘She is not pretty but she is going to be beautiful’: at twenty they still said so, and at twenty-seven when she’d married him it was still true, according to the category through which one perceived such things of course: it was equally true of her now, at thirty, that she gave the impression of someone who is still going to be, perhaps just about to be, ‘beautiful’: the same tilted nose, the small ears, the warm brown eyes, clouded now and hurt-looking, the same wide, full-lipped mouth, warm too and generous, the slightly weak chin. Yvonne’s was the same fresh bright face that could collapse, as Hugh would say, like a heap of ashes, and be grey. Yet she was changed. Ah yes indeed! Much as the demoted skipper’s lost command, seen through the barroom window lying out in harbour, is changed. She was no longer his: someone had doubtless approved her smart slate-blue travelling suit: it had not been he.

Under the Volcano, Chapter 3





El Cónsul seguía sentado frente a Yvonne en la mecedora rota de color verde. Tal vez sólo era el alma, pensó emergiendo lentamente de la estricnina para llegar a una especie de indiferencia y discutir con Lucrecio, la que envejecía, mientras que el cuerpo era capaz de renovarse muchas veces, a menos que hubiese adquirido un inalterable hábito de senectud. Y quizás el alma prosperaba a expensas de su propio dolor, así que los sufrimientos que le había infligido al alma de su esposa no sólo le habían aprovechado sino que, merced a ellos, había florecido. ¡Ah, no sólo por los sufrimientos que él le había infligido! ¿Y aquéllos de los que era responsable el adúltero espectro llamado Cliff, aquél al que siempre imaginaba sólo como un saco y un pantalón de pijama abierto en el frente? ¿Y el niño, que también extrañamente se llamó Geoff rey y que el mismo espectro le había hecho a Yvonne dos años antes de su primer viaje a Reno, y que ahora tendría seis años, si no hubiera muerto a la edad de tantos meses, hacía tantos años, de meningitis, en 1932, tres años antes de que ellos se conocieran y casaran en Granada, en España? Y de cualquier manera, allí estaba Yvonne, bronceada y juvenil, como si fuera intemporal: a los quince, según ella misma se lo había dicho, era (es decir, aproximadamente en la época en que debió actuar en aquellas películas del oeste que M. Laruelle aseguraba hábilmente no haber visto, pero de una de las cuales afirmaba que había influido en Eisenstein o alguien así) una chica de quien decía la gente: —No es bonita, pero va a ser hermosa—: a los veinte seguían diciendo lo mismo, y a los veintisiete cuando ya se había casado con él seguía siendo verdad, según, claro está, el criterio con que se ven esas cosas: lo mismo seguía siendo verdad para sus treinta años; daba la impresión de alguien que aún va a ser, que acaso está a punto de ser «hermosa»: la misma nariz respingada, las orejas diminutas, los ojos cálidos y oscuros, ahora nublados y de mirada lastimosa, la misma boca ancha de labios carnosos, también cálida y generosa, y la barba ligeramente débil. Era el de Yvonne el mismo rostro brillante y fresco que podía desplomarse, según solía decir Hugh, como un montón de cenizas y volverse gris. Y sin embargo, había cambiado ¡Ah, sí, en verdad! De manera muy semejante a la de algún capitán degradado que ya no manda en su barco al que ve en la bahía al través de la ventana de un bar. Yvonne ya no era suya... Sin lugar a duda alguien le había dado el visto bueno sobre su elegante ropa de viaje de color azul pizarra: pero no había sido él.

Bajo el volcán, Capítulo III