domingo, 22 de abril de 2018

Geoffrey Firmin, teólogo

“El Jefe de Jardineros empujó al Cónsul fuera del alcance de la luz, dio dos pasos adelante y disparó. El relámpago brilló como una oruga geómetra que bajase por el cielo y, tambaleándose, el Cónsul vio por un momento sobre su cabeza la silueta del Popocatépetl empenachado de nieve color esmeralda y bañado de luz…”
La vida tiene un fin abrupto e irremediable y de un momento a otro las personas desaparecen. Ante la insoportable paradoja de una conciencia que surge de la nada para volver a la nada, la mente de los hombres se vio obligada a elaborar un sistema que ayudara a eliminar la angustia de perderlo todo en un instante y prometiera la vida más allá de esta vida atribulada.
Pero el Cónsul Geoffrey Firmin es un agnóstico en el sentido en que el biólogo inglés T. H. Huxley acuñó el término en el siglo XIX, inspirado en la inscripción Agnostos Theos (Al Dios desconocido) que San Pablo afirmó haber visto en un altar de Atenas. El Cónsul está convencido de que nunca será capaz de descifrar los misterios de la creación y, por tanto, se limita a vivir en la finitud. Es la vida de cada día, el sentimiento de la vida de todos los días, la única causa de sentido, aunque, a la vez, nada tan vago, fugitivo y confuso como los días de la vida. Por tanto, no hay conclusiones y lo único sobrenatural es la belleza.
“Y de allí vine a Parián, al Farolito donde estoy sentado ahora, en un cuartito vecino a la cantina, a las cuatro y media de la madrugada, bebiendo ‘ochas’ y luego mezcal y escribiéndote... Creo conocer bastante el sufrimiento físico. Pero lo peor de todo es: sentir que se muere el alma. Me pregunto si, porque en verdad ha muerto mi alma esta noche, siento en este momento algo semejante a la paz…”
El Cónsul, como todos los humanos, impresionado por la muerte, también sistematiza su propia “teología” y su sistema es un intento por reconciliarse con el destino. Sabe que gracias a la muerte existen las pirámides y las catedrales y que la patología y la creatividad de la mente humana son caras de la misma moneda, lo vive en carne propia cada día y trata de llevarlo al límite. “Lejos, por encima de su cabeza, algunas nubes blancas perseguían ágiles, a una luna pálida y jorobada. Bebe toda la mañana, le decían, bebe todo el día. ¡Esto es vivir!”
FG
Quauhnáhuac
22.04.18



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