FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

FUNDAÇÃO MALCOLM LOWRY

Este blogue foi criado com o intuito de unir a comunidade lowryana de todo o mundo, a fim de trocar ideias e informação sobre o autor, promover a organização de conferências, colóquios e outras actividades relacionadas com a promoção da sua obra. Este é o primeiro sítio trilingue feito no México sobre o tema. Cuernavaca, México.


Malcolm Lowry Foundation


This blog was created to comunicate all lowry scholars, fans and enthusiastics from around the world in order to promote the interchange of materials and information about the writer as well as organize events such as lectures, colloquiums and other activities related to the work of the author. Cuernavaca, Mexico.


FONDATION MALCOLM LOWRY

Ce blog a été crée dans le but de rapprocher la communauté lowryenne du monde entier afin de pouvoir échanger des idées et des informations sur l'auteur ainsi que promouvoir et organiser des conférences, colloques et autres activités en relation avec son oeuvre. Cuernavaca, Morelos, Mexique.

domingo, 24 de abril de 2011

Lowry, Debussy y Bajo el volcán

Una intención formal, era escribir una obra de arte, después de algún tiempo empezó a hacer un ruido parecido a la música, cuando hacía el ruido incorrecto, lo arreglaba, cuando parecía hacerlo bien, lo conservaba (Sherrill Grace, Sursum Corda II, p. 210. Todas las traducciones de citas y referencias, incluyendo Sursum Corda son mías, a excepción de Bajo el volcán, cuyas traducciones son del Mtro. Raúl Ortiz y Ortiz).

Éste es uno de los puntos que Lowry remarcó en su larga y espectacular carta de enero de 1946 a su editor inglés, Jonathan Cape, pero no es el único momento en su carta que Lowry habla de Bajo el volcán en términos de otras artes diferentes a la literatura. Por todas partes de su carta le dice a Cape que ésta puede ser considerada como una especie de sinfonía o, en otro sentido, como una especie de ópera (incluso una novela del Oeste). Es una profecía, una amenaza política, un criptograma, una película absurda y una pinta en la pared. Hasta puede considerarse como una especie de máquina (Grace, Sursum Corda I, p. 506).

A través de los años he señalado la sinergia entre Lowry y las demás artes y he tratado de rastrear su conciencia de las artes hermanas y de ubicar las respuestas de otros artistas hacia él. Pero continuamente encuentro nuevos ejemplos de ambos tipos de actividad artística entrecruzada en las culturas populares y en las más intelectuales, y sigo estando un tanto insatisfecha con las explicaciones que he encontrado hasta el momento. Por tanto, cuando fui invitada a participar en esta conferencia, decidí explorar más a fondo algunas de mis ideas y especulaciones acerca de Lowry y un colega suyo en particular; Claude Debussy.

Como mi cita inicial pone en claro, Lowry estaba muy a tono con la música y con las posibilidades musicales del idioma y la forma narrativa. Tocaba música, amaba el jazz, y seguía de cerca la música clásica, escuchando regularmente (cuando podía) el programa “Tardes de sábado en la ópera” y asistiendo a conciertos y a la ópera misma. Estaba escuchando, según cuenta la leyenda, El rito de la primavera de Stravinsky la noche en que murió. El jazz blanco contemporáneo era importante para él, como lo demuestran las muchas referencias a Bix Beiderbeck, Ed Lang y Joe Venuti en el Volcán y en Piedra Infernal, y los estudiosos de Lowry han examinado su uso del jazz tratando de explicar las analogías texto/música, así como de rastrear referencias (Epstein). Además, Lowry coloca canciones populares, himnos y la ronda Frère Jacques con fines estructurales en toda su obra. Por ejemplo, la ronda de los niños es una clave intertextual en el Volcán y en Por el Canal de Panamá, desde Escúchanos oh Señor desde el cielo tu morada, (el mismo título viene del himno de pescadores de Manx que es reproducido al principio del volumen) Frère Jacques funciona como un leitmotiv, una señal verbo-visual, y un punto de referencia temático. En un ensayo reciente, Mathieu Duplay ha llevado el mapa musical aún más lejos al examinar las referencias de Lowry a la ópera, principalmente a Gluck, y argumenta la importancia del “paradigma operístico” para la comprensión de la prosa lowriana (p. 165). Referencias a la música clásica y a los compositores están omnipresentes en su obra, desde Gluck, Mozart y Bach, hasta Allan Berg (notablemente Wozzeck en El sendero del bosque que llevaba a la fuente), Wagner y Debussy. Frecuentemente, las referencias de Lowry a la ópera son obras con temas que tienen resonancias para él, así, Wozzek trata de la infidelidad marital y el asesinato por parte del esposo de aquello que ama; Parsifal, con su peligroso y seductor Kundry y su búsqueda del Grial, provee a Lowry de una rica fuente de símbolos y alusiones en Ferry de octubre a Gabriola, y las referencias a Mozart, especialmente en La Flauta Mágica, sirven para subrayar los mágicos o incluso cabalísticos aspectos de la vida en Bajo el volcán.

Pero un estudio de Lowry y la música bien podría ser un libro y por ahora sólo quiero tomar una muestra de la musicalidad de Lowry, un ejemplo que no sea primariamente una influencia temática o fuente de algún símbolo particular o intertextual. La comparación que quiero hacer es entre Pelléas et Mélisande de Debussy, y la narrativa lowriana en Bajo el volcán. Creo que es posible argumentar que esta ópera en particular demuestra una interrelación especial de orquestación con diálogo/voz que es análogo a la forma narrativa de Lowry en toda su ficción, pero limitaré mis comparaciones a Bajo el volcán. Primero la ópera.

Pelléas et Mélisande fue estrenada en París en 1902. Le llevó a Debussy nueve años poder completarla, y está basada en la obra simbolista de Maeterlinck. Sabemos que Lowry no solamente estaba familiarizado con esta obra, sino que en septiembre de 1944, mientras vivía en Ontario, él y Margerie asistieron a la premier de Pelléas et Mélisande. En una carta a sus amigos Lowry escribe que “para reestablecer nuestra conciencia de la realidad... hicimos un largo peregrinaje [a Toronto] a ver nada, sino Pelleas y Melisande [sic]” (Sherrill Grace, Sursum Corda I, carta 198). En un sentido, esta referencia a “la realidad” es una broma muy a tono con la moda, Lowry sabe muy bien que esta ópera no es nada más que verismo. Pero hay otro sentido en el que Lowry no está jugando. Él y Margerie estaban en Ontario en el otoño de 1944 porque su pequeña cabaña en las playas de Dollarton se había incendiado, llevando consigo todas sus pertenencias y muchos de sus manuscritos; asistir a la ópera era, para Lowry, una forma de restaurar algún sentido de orden y realidad para su, de otra forma, despedazada vida. Como era fácil predecir, Lowry resultó impresionado por los temas de la ópera; celos, traición, amor perdido, muerte y oscuridad, y en una alusión a Bajo el volcán, le cuenta a su amigo que él y Margerie escucharon la ópera “en medio de un oscuro bosque, en el Massey Hall” (Ibid., p. 464). Estoy segura que muchos otros paralelos entre las dos obras no pudieron habérsele escapado: el triángulo amoroso (dos medios hermanos y la mujer que ambos aman), lo ambiguo, el difícil pasado de la mujer, la importancia estratégica del número 12, el caballo encabritado, la tormenta y el bosque, la mirada hacia el abismo, el vuelo por el oscuro bosque que termina en muerte, la crucial importancia de los silencios, la importancia de la trama cíclica, los valores simbólicos de los personajes y la estructura escénica móvil de escena y corte de escena que se enfoca en una perspectiva individual o colectiva.

Lowry continúa en esta carta comentando sobre lo que creo es lo más significativo de esta ópera para él: cita dos pasajes del libreto como ejemplos del “tono completo de armonía de Debussey [sic] al expresar tales palabras” cuando Mélisande pregunta “¿A donde te diriges?” (y Golaud responde) “No lo sé... también estoy perdido” (Ibidem). Ya sea que haya simplemente leído las notas del programa o que haya captado inmediatamente algo único acerca de esta ópera, la atención de Lowry fue impactada por su forma, la relación entre la música y las palabras que hicieron esta obra tan única e influyente en el siglo XX (véase Nichols and Smith). Es central para Debussy esa forma (lo que Osborne llama la íntima relación entre la música y la representación escénica), la subordinación de las palabras a la “sinfonía continua”; argumenta que la gente canta mucho en las óperas y quiere “libretos cortos, escenas móviles... diversas en escenario y en tono; personajes que no discuten, sumisos a la vida y al destino” (Porter 11). Los silencios son cruciales para la ópera y los personajes son elusivos, simbólicos, rara vez conectados unos con otros en realistas o incluso dramáticas formas motivadas. El tono, el misterio y el sentido de destino sobresaliendo al, de alguna forma, abstracto y reducido argumento son primariamente transportados a través de la música. Es la música de Debussy lo que nos habla, lo que nos cuenta una historia que podemos sentir pero nunca precisar con claridad.

Gran parte de lo anterior puede decirse de Bajo el volcán (y Escúchanos oh Señor...), donde los personajes y la trama están completamente subordinados a las continuas texturas musicales de la narración metaléptica de Lowry (exposición, descripción, creación de imágenes, tonalidades simbólicas, frases rítmicas, motivos para los personajes, etc.). De hecho, Lowry se defendió de los cargos que le acusaban de crear personajes poco convincentes diciendo que no había “exactamente intentado dibujar personajes... simplemente no hay espacio... el esbozo de los personajes no es solamente débil, sino inexistente.... pues los cuatro personajes principales intentan ser de hecho, en uno de los significados del libro, aspectos del mismo hombre, o del espíritu humano” (Ibid., p. 500-501). Así, en el capítulo 2, cuando Geoffrey e Yvonne se han vuelto a reunir y mientras van de regreso a su casa, no aprendemos más acerca de quiénes son y por qué están aparentemente extraños porque no se hablan el uno al otro, sino que se alternan en frases cortas, oraciones incompletas y silenciosos gestos (que Lowry indica con espacios en blanco y puntos suspensivos):

—Es una lástima porque... ¡Mira, caramba!, ¿no estás horriblemente cansada, Yvonne?

—Para nada. Más bien creo que eres tú quien debe estarlo...

—¡Box! ‘Preliminar a 4 Rounds. EL TURCO (Gonzalo Calderón de Par. De 52 kilos) vs. EL OSO (de Par. De 53 kilos).

—En el barco dormí un millón de horas. Y preferiría caminar; sólo que...

—No es nada. Sólo un asomo de reumatismo. ¿O acaso es el sprue? Me alegra inyectar un poco de circulación a estas viejas piernas.

...¡Box! ‘Evento especial a 5 Rounds, en los que el vencedor pasará al grupo de semifinales. TOMAS AGÜERO (el invencible Indio de Quauhnáhuac de 57 kilos, que acaba de llegar de la Capital de la República). ARENA TOMALÍN. Frente al Jardín Xicotencatl’.

—Lástima del coche, porque habríamos podido ir al box —dijo el Cónsul caminando casi exageradamente derecho.

—Detesto el box.

—...De todos modos, no será hasta el próximo domingo... Oí que hoy habría una especie de jaripeo en Tomalín... ¿Te acuerdas?...

—¡No! (Malcolm Lowry Bajo el volcán, pp. 65-66, traducción de Raúl Ortiz y Ortiz. Todas las citas de Bajo el volcán son de Editorial Artemisa, Colección Literatura Contemporánea, México, 1985).

Los fragmentos de su plática están rodeados, extraídos, perdidos entre los enormes signos de agresión que presionan por todas partes desde un mundo exterior sobre el cual no tienen control alguno.

El diálogo en ambas obras es básico, sólo el mínimo indispensable y está dominado por el contexto que lo rodea. Esta clase de diálogo (representado en la novela; cantado o actuado en la ópera) ocurre también con otras formas (por ejemplo a través de lo que llamaré “intervalos”). Consideremos esta escena del capítulo II del Volcán: cuando Geoffrey trata de hacer el amor con Yvonne como un gesto encaminado a la reconciliación, no se describe la acción y no hay diálogo alguno entre marido y mujer. En su lugar tenemos un intervalo en prosa muy largo que conlleva la emoción y el pensamiento del Cónsul en frases titubeantes, largas, evasivas, oraciones metalépticas, y frases que vacilan y luego se mueven hacia delante sólo para detenerse abruptamente con la puntuación (dos puntos, puntos suspensivos y elipses). “Pero ahora también podía sentir, al intentar el preludio, las nostálgicas frases preparatorias que repercutían en los sentidos de su esposa, la imagen de su posesión, como aquella puerta cubierta de joyas que el desesperado neófito, rumbo a Yesod, proyecta por milésima vez en los cielos para que por ella pase su cuerpo astral, la cual se desvanece para dejar en su lugar lenta e inexorablemente la de una cantina cuando, en el silencio sepulcral y en la paz, se abre por vez primera en la mañana. Estarían abriendo una de ésas ahora mismo, a las nueve de la mañana: y tenía la extraña sensación de su propia presencia allí, con las trágicas palabras iracundas, las mismas que pronto pronunciaría y estaba donde estaba, sudando ahora, mirando —sin dejar de tocar con un dedo el preludio, la pequeña obertura de la inclasificable composición que inmediatamente podría seguir— por la ventana hacia la calzada, temeroso de que por ella apareciera Hugh...” (Ibid., p. 105).

No es casualidad que la maestría del estilo narrativo de Lowry es en este punto, de hecho música. Sin embargo, su medio son las palabras y lo que sigue es una evocación de las cantinas, con sus signos y sus sonidos vulgares, que culminan con una impresionante imagen visual no de ternura física o éxtasis sexual sino de haces de luz, “que caían como una lanza sobre algún bloque de hielo...” (Ibid., p. 106). Los lectores debemos inferir lo que nunca es presentado, nunca afirmado, nunca actuado en las formas comunes de la ficción.

Debussy logra un efecto impresionantemente similar con sus intervalos de orquesta que interrumpen el diálogo pero al mismo tiempo continúan la historia en música y crean un puente musical entre una escena y la siguiente. Un ejemplo de lo que quiero decir es, considerando los diálogos finales de Pelléas y Golaud del acto 3, escena 1, seguido del intervalo y luego la apertura de la siguiente escena con Pelléas y Golaud: En esta denominada “escena de Rapunzel”, Pelléas y Mélisande se han estado coqueteando en la noche; ella se ha recargado en la ventana de su torre mientras él la espera abajo; su largo cabello ha caído y él lo atrapa, negándose a liberarla. De pronto Golaud entra; está enojado y les llama niños desobligados. El diálogo se detiene abruptamente y la escena da pie a un intervalo de orquesta que gradualmente se va oscureciendo en el cual Debussy repite motivos y frases de momentos previos en la partitura. Cuando el intervalo termina escuchamos a Golaud y a Pelléas como empiezan su escena de insinuaciones.

En ambas, la novela y la ópera, dos personajes confrontan uno al otro antes y después del intervalo; hay una gran tensión entre ellos y un montón de explicaciones o exposiciones no dichas o no cantadas que el lector/oyente debe obtener, por decirlo así, de la cadencia, los motivos, temas verbales y musicales. El significado narrativo es evocado, sugerido, implícito, pero no expresado con exceso de parloteo. Personalmente, encuentro esta desviación, si esto es lo que es, profundamente conmovedora, embrujante y dramática, como si las fuerzas superiores —el destino, los dioses— estuvieran controlando la historia bien aparte de lo que los personajes piensan, dicen o hacen.

Como tercer y último ejemplo comparativo quiero regresar al diálogo. En el capítulo IX del Volcán, cuando Geoffrey e Yvonne tienen su breve momento de reproches, es representado con fragmentos de diálogo (extrañamente me recuerdan, a aquel pasaje del libreto de Pelléas et Mélisande que Lowry citó en su carta de 1944, o la escena de amor entre Mélisande y Pelléas, Acto 4). Sus comentarios están a tono con las descripciones de tedio, silencios, repentinos estallidos de ruido y la violencia en el ruedo, que abruma y nulifica el diálogo y cualquier acción que pudiera (en otras novelas) surgir en un momento así. He aquí el texto de Lowry:

—Yvonne.

—¿Sí, querido?

—He caído muy bajo.

—¡Qué importa mi amor!

—...¿Yvonne?

—¿Sí?

—Te amo... ¿Yvonne?

—¡Oh, yo también te amo! (Ibid., p. 310).

Y aquí está el ejemplo de Debussy. Mi colega, musicólogo Vera Mizcnik, describe este momento como “el punto más vacío y tenue en el drama”. Exactamente lo mismo podríamos decir del apresurado fragmento de conversación entre Yvonne y Geoffrey. Y sin embargo, es un momento crucial en ambos textos; el tiempo se está agotando para ambas parejas; las fuerzas de la muerte y la oscuridad se abalanzan hacia adelante (Golaud acercándose a través del bosque y las copas de mezcal acechando al Cónsul en la apertura del capítulo X). Si este punto decisivo no es comprendido por los personajes, entonces todo estará perdido, como de hecho está. Pelléas será asesinado / Geoffrey beberá esos mezcales; Mélisande volará a través de un oscuro bosque hacia la muerte / Yvonne caminará a tumbos por un bosque oscuro y será aplastada por la muerte justo cuando Geoffrey está siendo baleado. El amor en ambos textos está condenado. La muerte y la oscuridad prevalecen.

Lo que estoy tratando de aislar con mis tres ejemplos comparativos (caracterización a través de silenciosos y fragmentados diálogos, intervalos en prosa u orquestales, las crisis antidramáticas) no es tanto qué está pasando en la novela o en la ópera, sino cómo los autores hacen que suceda en palabras o con música. La ópera me ayuda a apreciar lo que Lowry estaba haciendo y por qué. Por ejemplo, los lectores que esperan personajes en una novela, pueden ser lectores críticos que quieren acción narrativa clara y su motivación puede resultar frustrada. La ópera me ayuda a escuchar lo que la prosa está y no está haciendo. De la misma manera, Bajo el volcán me ha ayudado a apreciar Pelléas et Mélisande, una pieza que originalmente encontraba difícil, lejana, intelectual, abstracta. Me acerqué a ella ya familiarizada con Bel Canto y Verismo, pero mirarla con lentes lowrianos me ayudó a dejar de perder arias, duetos e historias cantadas. Entiendo que debe haber bastantes ansiosas preguntas sobre todo lo que he dicho hasta el momento, (quizá sobre el status y el valor de comparaciones como esta, preguntas sobre el modernismo y la tradición, o sobre cómo obtenemos el significado de las palabras o la música), pero el tiempo se apiada de mí y debo terminar.

Me hubiese gustado concluir este breve análisis con una discusión sobre una ópera basada en Lowry y su obra, pero no puedo. Si tal obra existe, no la conozco. Lo más cercano a ello que he escuchado es la cantata de jazz de Graham Collier llamado “Día de muertos”. Sin embargo puedo imaginar esa ópera, y podría ser un poco como el Fausto de Gounod, con sus mitos, su magia y sus tentaciones, y un poco como El castillo de Bluebeard, de Bartok, con su oscuro bosque de la muerte y su seducción que esboza la existencia contemporánea, y ciertamente bastante parecida a Pelléas et Mélisande, donde el simbolismo y la orquestación sostienen lo que de otra forma sería un mínimo argumento, con un diálogo elevado pero directo y personajes en dos dimensiones ya predestinados. Debería ambientarse en México —absolutamente necesario— (En español en el original). y escenificada bajo un marco estilizado de los volcanes. La soprano terminaría muerta —lo cual debe suceder en la ópera— el tenor moriría descorazonado, y el barítono —no un completo villano porque ni Lowry ni Debussy crearon tal villano—, sufriría en la oscuridad y se apagaría. Y la ópera terminaría —como en Bajo el volcán y en Pelléas et Mélisande— con un recordatorio de que el círculo entero volverá a comenzar: “Il faut qu’il vive, maintenant, a sa place. C’est au tour de la pauvre petite”, dice Arkel.

“Por encima de la ciudad, en medio de la noche oscura y tempestuosa, la rueda luminosa giraba al revés...” (Volcán, p. 54).

Mis estudios sobre los intereses de Lowry por las artes empezaron a finales de los 70 con una exploración de sus influencias del cine expresionista (véase Grace, 1978, Regression and Apocalypse). De aquí me moví a la pintura (véase Grace, 1990) y luego al teatro (Grace, 2000). Otros se han enfocado en el amor de Lowry hacia la música, especialmente al jazz (véase Epstein y Collier) y, más recientemente, en la ópera (véase Duplay). Mis primeras ideas acerca de Lowry y Debussy comenzaron cuando fui conferencista en la Segunda Edición de la Cátedra Malcolm Lowry en México en el año 2000 y presenté la ponencia “Lowry y las artes hermanas”.

Es un placer especial agradecer a mis colegas Bryan Gooch, Vera Micznik y Paul Stanwood por su asistencia en la ópera de Debussy. Mi gratitud también a Florence Hayes, de la División de Música de Archivos Nacionales de Canadá, por ubicar detalles de la producción de la premier en Toronto de Pelléas and Mélisande en el Massey Hall el 21 de septiembre de 1944: Wilfrid Pelletier director del Coro Metropolitano, con Bidu Sayao como Mélisande, Martial Singher como Pelléas y Lawrence Tibbett como Golaud.

Sherrill Grace



Conferencia magistral de la Dra. Sherrill Grace, de la Universidad de British Columbia, Canadá, para el Coloquio Internacional Malcolm Lowry 2002, Celebrado en el Centro Cultural Universitario de la Universidad Autónoma del Estado de Morelos, Cuernavaca, Morelos, 1 y 2 de noviembre, del 2002. Traducción de Alberto Rebollo.

Nueva York y México, los infiernos de Lowry

En su primer viaje a México en 1936, en el transcurso de unos veinte meses, Malcolm Lowry fue abandonado por su esposa, cayó en la borrachera a tal grado que sufrió alucinaciones (imaginando que había espías persiguiéndolo en cada esquina), y hasta pasó tres estancias breves en la cárcel.

Luego, el arte venció a la vida. Como nota su biógrafo Douglas Day, “...ocho años después [cuando escribió su novela Bajo el volcán]... el podría usar su visión de la belleza terrible de México, de la miseria en vistas de la majestad natural, de la verdadera ternura junto a la crueldad explosiva”.

Lowry forma parte de un desfile de escritores gringos y británicos que llegó a México en el siglo XX y luego escribió algo, una novela, un cuento, un poema, basado o en su experiencia o su observación. La lista de escritores es increíble. Incluye, entre otros a Stephen Crane, Jack London y John Reed; Katherine Anne Porter, Langston Hughes y John Dos Passos; John Steinbeck, Saul Bellow y Norman Mailer; D. H. Lawrence, Graham Greene y Somerset Maugham; Jack Kerouac, Allen Ginsberg y William Burroughs; Archibald MacLeish, William Carlos Williams y Charles Olson; Tennessee Williams, y Jane y Paul Bowles.

Antes, durante y después de escribir Travel Advisory, un libro de diez relatos que se ubican en México, leí obsesivamente la obra de los extranjeros en México. Perdí la cuenta, pero creo que alcanzaba alrededor de cincuenta textos. Y mi conclusión es que Malcolm Lowry era único.

Por tan impresionante que sea la lista de escritores, la verdad es que la mayoría no escribía su mejor obra en o sobre México. De hecho, la tendencia, con pocas excepciones, es caer en clichés y estereotipos cursis y obvios. Claro que Lowry no es el único grande que llegó. Pero puede ser que es el único que escribió un gran libro.

Si Bajo el volcán es un gran libro, sería por muchas razones. Pero creo que la diferencia entre Lowry y los demás, principalmente, es la manera en que él mira a los mexicanos, y cómo los pinta, con una compasión y una agudeza que falta a los otros. Como no hay espacio de hablar de todos los escritores, voy a tomar dos ejemplos, un inglés y un norteamericano, que cayeron en trampas emblemáticas. Luego pasaré a Lowry.

En la siguiente frase, uno de los narradores ingleses más importantes que llega a México, describe así a los mexicanos (la traducción es mía, y pido disculpas por mis fallas): “Salvajes, con la carne fluida e imposible de salvajes, y esta manera salvaje de disolverse en una masa negra y horrible de deseo”.

¿Existen mexicanos que estarían de acuerdo con esta descripción? ¿O acaso hay algún extranjero en México que tiene semejante impresión? Obviamente este cuadro de los mexicanos no corresponde a lo que cualquier persona en su sano juicio pensaría. Sin embargo tengo entendido que La serpiente emplumada de D. H. Lawrence está en el plan de estudios de casi todas las universidades gringas, en los departamentos de estudios latinoamericanos, estudios mexicanos, literatura inglesa, etc. Aunque sea un libro lleno de clichés y lugares comunes.

Espiritualmente descontento con una Europa que le pareció moribunda, Lawrence viaja a Nuevo México en 1922, pero los Estados Unidos, le parece previsible y sin alma. Entonces en 1923 llega a México con su esposa, donde se quedan unos siete meses con interrupciones. Publica La serpiente emplumada cuatro años después.

Una vez, él escribió, “Mi gran religión es una creencia en la sangre, la carne, como más sabio que el intelecto”. La serpiente emplumada ilumina aquella creencia, pero en una manera forzadamente grandilocuente, lleno de divagaciones e insoportablemente repetitiva. Lawrence, enamorado con su propia escritura, repite cada escena cuatro o cinco veces. Ninguno de sus protagonistas es un ser humano reconocible, más bien son portavoces acartonados de sus ideas sobre la religión, la política, la sexualidad. Pero su manera de caracterizar a los mexicanos ilumina un estereotipo predominante entre los escritores extranjeros, el del salvaje noble.

La serpiente emplumada cuenta de Kate Leslie, una viuda irlandesa de cuarenta años, que llega a México en plan de viaje. En el famoso primer capítulo, va a una corrida de toros que le causa tanta repulsión que sale pocos minutos después de que empieza. Vía una narración omnisciente o vía la boca de Kate, en los primeros tres capítulos Lawrence describe a México con los siguientes adjetivos: lóbrego, asqueroso, feo, duro, seco, sórdido, malvado, criminal, ignorante e inhumano.

Kate cree que México está controlado por gente que, sólo por ser mestiza, no tiene alma ni convicción. La gente indígena, los salvajes de la frase anterior, a pesar de que a Kate le parecen repugnantes, a la vez la atraen. Ella percibe que tienen una sexualidad profunda, oscura y misteriosa que a los anglosajones, lamentablemente, les hace falta. Ella se involucra con Ramón Carrasco y Cipriano Viedma, el líder y el asistente de un culto que quiere que México rechace la influencia de los conquistadores españoles y regrese a sus raíces indígenas. No queda muy claro cómo esto va a poder suceder, dado que Carrasco y Viedma pasan la mayor parte del tiempo ejerciendo nada más que rituales campestres que evocan a Quetzalcóatl, y recitando la poesía bastante prosaica de Lawrence.

La manera en que Lawrence comprende a los mexicanos es, visto por estándares contemporáneos, sumamente racista. La lista de adjetivos que emplea Lawrence para describirlos, inquieta y agota al lector de hoy: bárbaro, bestial, salvaje, animal, retrasado, como bueyes o con ojos de buey.

Sin embargo, Lawrence les regala a los salvajes una nobleza caracterizada por aquella sexualidad anciana, profunda y desde sus tripas. En el culto a Quetzalcóatl, las mujeres son totalmente serviles hacia los hombres, una posición que Lawrence aparentemente creía mejor que las costumbres de Europa de esta época, donde las mujeres ganaban independencia y poder. De hecho, al final del libro, uno cree que Kate va a encontrar la felicidad dejando su propia voluntad al poder sexual de Cipriano.

Tomando en cuenta este deseo Lawrentiano, cabe decir que Freida, la mujer de Lawrence, si no precisamente mandaba en la casa de ellos, no cantaba mal las rancheras. Algunos académicos que se especializan en Lawrence han escrito que sus varios elogios a la dominación masculina y la sumisión femenina fueron elementos que no existían en su propia vida.

Ahora voy a pasar a Jack Kerouac, de origen franco-canadiense, que creció en Massachusetts en la región nordeste de Estados Unidos conocido como New England. Él llega a México en 1950, después de dos años de viaje con amigos, zigzagueando por todas partes de los Estados Unidos, en una forma de protesta anárquica en contra de las costumbres conservadoras y represivas de la sociedad gringa en esta época de posguerra. El resultado de su travesía es la novela En el camino, publicada en 1957, en plena etapa de Eisenhower y McCarthy. Ha sido leída por cada generación que ha venido después como una llamada hacia la aventura, en favor de la libertad espiritual, en contra de la fuerte corriente materialista de los Estados Unidos.

En la novela, después de casi 300 páginas de vagar por todas partes, Sal Paradise, la contraparte ficticia de Kerouac mismo, describe su llegada a México así (otra vez, disculpen para mi traducción): “Atrás de nosotros había toda América y todo lo que Dean y yo conocíamos anteriormente sobre la vida, y la vida en el camino. Por fin encontramos la tierra mágica al final del camino, y nunca habíamos soñado con la gran extensión de la magia”.

Es muy instructivo examinar los elementos que constituyen la magia según Kerouac: “Era la hora de cambiar nuestro dinero.” Escribe, “Vimos montones de pesos sobre la mesa y aprendimos que más o menos ocho de ellos hacían un dólar americano. Cambiamos casi todo nuestro dinero y rellenamos nuestros bolsillos con los enormes fajos alegremente”.

Continúa: “Comprábamos tres botellas de cerveza fría... por más o menos treinta centavos mexicanos, o sea diez centavos americanos. Comprábamos cajetillas de cigarros mexicanos por seis centavos. Mirábamos y mirábamos a nuestro dinero mexicano maravilloso que nos alcanzaba tanto, y jugábamos con el dinero y mirábamos a nuestro alrededor y sonreíamos a todo el mundo”. En unas cuantas páginas Sal y sus cuates se aprovechan del tipo de cambio para darse el gusto de marihuana y prostitutas igualmente económicas.

No se habla mucho del tema en voz alta, pero con mucha frecuencia los escritores extranjeros que llegaban a México, padecían pobreza en sus propios países. Luego, en México se encuentran de repente, ricos. Los británicos tienen fama de codos y regatean por todo, pero en la literatura de gringos en México, la riqueza repentina es un refrán constante. William Burroughs, contemporáneo de Kerouac, escribe que un hombre podía vivir como príncipe por dos dólares al día en el Distrito Federal de los años 50. Cien años antes, John Lloyd Stephens nota que podía contratar a los mayas del Yucatán para llevar sus baúles desde Mérida hasta Chichen Itza, sobre sus espaldas, por el impresionante sueldo de nueve centavos al día.

Es importante notar que, aunque Kerouac es visto como un ángel de la independencia, vivía una vida muy marginada hasta que se publicó En el camino, cuando ya tenía 35 años. Vivía como vagabundo, no tenía ni un quinto partido a la mitad. Tenía que tener carácter fuerte para insistir en su libertad, pero ciertamente se sentía muy aislado en un país cuya cultura cree en la acumulación del dinero como el reto más importante.

En el libro, Sal y sus amigos se calman después de descubrir cuánto vale su dinero, y empiezan a turistear. Como no hablan español, ellos se ponen a adivinar los pensamientos y los caracteres de los mexicanos que conocen. A veces, sus ideas son deliciosamente ingenuas. Por ejemplo, de un policía en la calle, Kerouac dice: “Dios nunca regaló a Estados Unidos policías así de bonitos. No sospechan, no molestan, no son escandalosos: El era el guardián del pueblo durmiente, punto”. Una observación que sorprendería a cualquier mexicano que ha estado obligado a regalar una mordida a un patrullero local.

En camino a la ciudad de México, Dean, el gran amigo de Kerouac, ve una niña de tres años cerca de una barranca y se imagina cómo sería su vida. “Imagínense,” dice, “nacer y vivir por esta barranca, que representa todo lo que sabes de la vida. Su padre probablemente está allí abajo agarrando piñas de una cueva... miren el sudor en su frente. No es como nuestro sudor, es grasoso y siempre lo tiene porque hace calor todo el año, y ella no sabe nada del no-sudor, ella nace con sudor y se muere con sudor”.

No quiero indicar que sus observaciones son maliciosas o de mala leche. Simplemente que son inocentes y con una reverencia poco profunda. Llegando a otro pueblo mexicano, Dean decide que “no hay desconfianza aquí. Nada así. Todo el mundo está de buenas, todo el mundo te ve con sus ojos cafés derechos y no dicen nada, solo miran, y en su mirada todas las calidades humanas son suaves y tranquilas”.

Por fin llegan a la ciudad de México donde comen carne por cuarenta y ocho centavos y toman pulque por dos centavos el vaso. Y, ¡qué sorpresa!, Sal, de repente, sufre de la misma problemática que sufren tantos gringos con sus bolsas llenas de pesos mágicos, con tantas ganas de gastarlos, o sea, pasa una semana entera en la cama de un hotel barato con “la venganza de Moctezuma”.

Ahora me gustaría comparar estos escritores con el que el profesor Óscar Mata se refiere como “San Malcolm”. Para Lowry, los mexicanos ni son salvajes nobles ni policías angelicales. No son bueyes con ojos cafés o personas con sudor perpetuo. A diferencia de casi todos los demás escritores gringos y británicos, Lowry pinta a los mexicanos de una manera muy sencilla: como seres humanos, con toda la complejidad que el estatus de ser humano implica. Los mexicanos de Lowry se ríen, lloran, perdonan, se confían y traicionan. Algunos son ladrones y asesinos, mientras otros tienen la paciencia y la generosidad de los santos. A veces son dos o tres de estas cosas al mismo tiempo, demostrando la naturaleza contradictoria que marca la naturaleza humana.

En su epílogo de la edición de Bajo el volcán, publicada en el año 2000 por Perennial Classics, Sherril Grace habla de la intertextualidad de la novela. En la misma manera que Lowry mete Shakespeare, Dante, la Cabbalah, el cine, el jazz y básicamente todo lo demás del mundo en el libro, también incluye elementos de la política, la historia y la cultura mexicana. Pero a diferencia de tantos otros escritores británicos y gringos, nunca pretende explicar a México a los lectores. En lugar de eso, empleando su poder de observación tan sutil y sensible, deja que los mexicanos hablen por sí mismos.

Compara las caricaturas de Kerouac y Lawrence con el cantinero que, como ritual, subrepticiamente fuma el cigarro que el Cónsul deja quemándose en el cenicero. El cartero que vacía toda su bolsa buscando una tarjeta postal que llega al Cónsul un año tarde. Los niños que le piden dinero y luego, con diligencia, le devuelvan todo que se caía de sus bolsillos después de que él trata de escapar de ellos en un juego de feria. El cargador callejero con su torre de sillas. El dulce Doctor Vigil que de la manera más tierna sugiere al Cónsul que deje de tomar. La señora Gregorio, la vieja cantinera que comparte la tristeza del Cónsul en su inglés macarrónico. El limosnero con una sola pierna que regala una moneda al limosnero sin piernas. Y, por supuesto, el burócrata que lleva dos sombreros y un traje fino, que roba los pesos de un indígena que está muriendo al lado de la carretera. Como los fotógrafos más grandes, Lowry, con unas cuantas instantáneas, retrata a la humanidad mexicana en todas sus dimensiones cómicas, trágicas y conmovedoras.

Claro que otros extranjeros escribieron textos que vale la pena leer. Pero Lowry ilumina lo que les hace falta. B. Traven, por ejemplo, contó grandes historias y tuvo una compasión hacia los mexicanos semejante a la de Lowry. Quizás el problema con él es que era un alemán que escribió en su propio idioma mientras vivió un país hispanoparlante. Como no leo alemán, no puedo comentar sobre las versiones originales. Pero tanto en inglés como en español, su escritura tiene poca gracia, poca música, en los dos idiomas suena como una traducción brutalmente malhecha. En El poder y la gloria Graham Greene pinta un México con plumazos fuertes y cuenta una historia absorbente. Pero sus mexicanos nunca nos convencen como mexicanos; más bien son figuras simplificadas que le convienen a Greene para contar su versión del conflicto de la guerra de los Cristeros.

En el mismo epílogo, Sherrill Grace dice que Lowry crea una visión del mundo más grande que Europa o Norteamérica, y critica a la versión occidental del ser que ve a todos los demás como “El Otro”. La gran mayoría de los escritores británicos y gringos que llegaron a México caen en la trampa de esta concepción. Los mexicanos que ellos describen, sean malvados, sean angelicales, sean ingenuos, sean cínicos, siempre son seres ajenos. En cambio, para Lowry, los mexicanos no son “los otros”, son “nosotros”.

David Lida, San Francisco, 2002

Mezcal, más mezcal...

Goethe, antes de expirar, dijo: “Luz, más luz”.
¿Malcolm habrá dicho: “Mezcal, más mezcal”?

Malcolm Lowry en México, ¿por qué ese título para un proyecto cinematográfico? Después de algunos años todavía me quedo pensando que hubiera sido mejor Malcolm Lowry en Cuernavaca, pero todo tiene explicación o, cuando menos, tratamos de dársela. Cuando comenzamos el proyecto de videofilmación de esta obra, que fue el año de 1988, aquí en Cuernavaca, estaba muy reciente el estreno internacional de la película de John Huston Bajo el volcán. Película que muchos vimos con atención. Por mi parte, sentí que eran un desperdicio inmenso los grandes actores que estaban en la película, Jacquelin Bisset y Albert Finney, fotografiada por Gabriel Figueroa, y que los escenarios eran “pintorescos”. Por cierto, en el estreno aquí en Cuernavaca, el público salió enojadísimo del cine Ocampo ya que esperaba que los escenarios de la obra de Huston reflejaran a la ciudad de Cuernavaca. Nada de esto pasa en la película, todas las secuencias están filmadas en los alrededores y pequeños poblados como Ocotepec y Yautepec. Lo que más escandalizó a la gente “decente” de Cuernavaca fue que El Farolito estaba presentado como un burdel, como en realidad sucede en la novela, donde muere el Cónsul. Sin embargo, a mí me parece una genialidad la apuesta de Huston. Finalmente, a mi entender, la película falla en su intento de captar Bajo el volcán ya que fundamentalmente esta historia pertenece más a lo subjetivo que a una realidad concreta. Y si a esto le aumentamos que el guionista que formuló el libreto no tenía ni la más remota idea de la historia de nuestro país ni de los intrincados laberintos sobre la muerte en México, queda una obra deleznable.

También recuerdo que Paul Leduc y Gabriel García Márquez trabajaron en Barcelona más de un año tratando de hacer un guión sobre Bajo el volcán y finalmente no pudieron hacer nada porque no obtuvieron los derechos.

Por otro lado, muy emocionados con las lecturas sobre Malcolm Lowry y sobre todo con el conocimiento profundo de la obra de este autor de parte de Miriam Rubinsky, nos avocamos, no a la construcción del libreto de Bajo el volcán, sino a mostrar una mirada de Lowry en Cuernavaca. Y, desde luego, bucear en el pensamiento de Lowry sobre México.

No en vano, una de las frases capitulares de Lowry, que se incluyeron en la obra es: “México es el paraíso y la Torre de Babel y, al mismo tiempo, es infernal”. Y así con las lecturas de El mezcal, los comisarios, La mordida y Oscuro como la tumba donde yace mi amigo y los poemas de Lowry escritos en México y, desde luego, Bajo el volcán, pudimos construir los espacios y la mirada vividos por él en Cuernavaca. Esto dio por resultado el docudrama que lleva el título de Malcolm Lowry en México. En el momento que estaba terminado el libreto llamamos a nuestros amigos en Cuernavaca para que participaran en la filmación. Con lo cual, en esta obra, dentro del mismo paisaje cuernavaquense, desfilan personajes en una forma subjetiva y nada realista como sucede en algunos pasajes de los propios textos de Lowry. Pero el gran aporte en esta cinta es, sin duda, la recreación de los textos sobre Malcolm de Miriam Rubinsky. Vemos desfilar en un escenario imaginario de la época de los años treinta, las cantinas, la estación del tren, el Casino de la Selva (imprescindible en la obra de Lowry), las calles de Cuernavaca y el viejo bungalow en ruinas donde escribió la primera versión de Bajo el volcán.

Finalmente, logramos estrenar esta obra en el Jardín Borda con una gran fiesta lowryana, con abundante mezcal y con muchos amigos de Cuernavaca y bastantes invitados que vinieron de la Ciudad de México. Posteriormente en el Palacio de Bellas Artes, en la sala Manuel M. Ponce, se exhibió esta obra y, de alguna manera, sigue presente a través de un DVD que nos permite acercarnos a este gran autor.

Óscar Menéndez, Cuernavaca, 2002

Y de repente...

Chris Ackerley se llevó la impresión de que esta tierra es mágica porque aquí, cada 2 de noviembre, los muertos regresan, caminan por las calles, dejan carteles colgados de los árboles y entran en las salas donde los estudiosos escuchan atentos una conferencia sobre Malcolm Lowry: “The Geography of imagination”.

Chris Ackerley, doctor en literatura y catedrático investigador de la Universidad de Otago, Nueva Zelanda, estaba explicando arduamente cómo Lowry había transformado la geografía física de Cuernavaca en la geografía imaginaria de Quauhnáhuac; cómo la ciudad construida sobre suelos secos y duros de tepetate, devino, en Bajo el Volcán, en la ciudad que, más que un lugar predeterminado del mundo, es un jardín, es El Jardín, que es como decir el mundo, que es como decir el cosmos que es a la vez estable, pero cambiante; fácil de comprender, pero profundo; camino y perdición de los hombres: infierno y cielo… cuando, de pronto, la sala, que se encontraba en penumbra, porque Ackerley iba dando ejemplos con diapositivas de lo que quería demostrar, se llenó de emisarios del más allá: la catrina, la parca, la novia, el charro y sus camaradas sin pudor, transfigurados, tan desnudos que se les veían los huesos y tan preclaros que podía vérseles el fondo de los ojos.

La academia que en ese momento seguía la estricta explicación de Ackerley en un inglés muy británico, se asustó en la oscuridad, no tanto porque las calaveras del Frente Cívico pro Defensa del Casino de la Selva estuvieran caminando en este mundo, sino por la visión apocalíptica de la Cuernavaca actual que ha dejado de ser El Jardín para ser propiedad privada en manos de inversionistas extranjeros.

Francisco Rebolledo, Enrique Álvarez, Luciana Cabarga, Eliseo Guajardo, David Lida, Raúl Ortiz y Ortiz, Eliana Albala y Óscar Mata, esbozaron sonrisas por las ocurrencias de los muertos que, arreglados con los tradicionales atuendos de las calaveras de José Guadalupe Posada, creaban la impresión de estar en un museo vivo que no hacía sino avalar la idea expresada por Lowry en su carta del 2 de enero de 1946 a Jonathan Cape, su editor: “El escenario es México, lugar de encuentro, según algunos, de la misma humanidad, pira de Bierce, salto mortal de Hart Crane, antiquísima arena de conflictos raciales y políticos de toda especie, donde un pueblo nativo, genial y lleno de color, tiene una religión que, a grandes rasgos, podemos describir como una religión de la muerte...”

Sherrill Grace que oía atentamente la exposición de Ackerley creyó que México había sido el único lugar del mundo suficiente y necesario para la creación de Bajo el Volcán. Porque los muertos entrando y saliendo en la penumbra de la sala hacían que la famosa carta del 2 de enero de 1946 a Jonathan Cape, tomara su verdadera dimensión: “Esta novela habla principalmente, para decirlo con palabras de Edmund Wilson (cuando habla de Gogol), de ciertas fuerzas existentes en el interior del hombre que le llevan a sentir terror de sí mismo. También habla de la culpa del hombre, del remordimiento, de su ascenso incesante hacia la luz bajo el peso del pasado y de su último destino. La alegoría implícita es la del jardín del Edén, el jardín que representa al mundo, del que tal vez corramos ahora más peligro de ser expulsados que cuando escribí el libro”. Ahora, cincuenta y seis años más tarde, vivimos ya fuera del jardín, en manos de los inversionistas extranjeros. Desgraciadamente, ni siquiera la Virgen de los que no tienen a nadie y de los marineros que están en alta mar, puede hacer algo por nosotros. Como ya había dicho Sherrill Grace, quien hizo el trabajo de recopilación de las cartas para la edición en dos volúmenes de la obra The collected letters of Malcolm Lowry, en su conferencia “Lowry, Debussy y Bajo el Volcán”: la rueda infernal está girando...
Pero el fenómeno que logró materializar en la sala lo que podríamos llamar una supra-realidad con su propio metalenguaje, fue la presencia de un fantasma vivo, habitante de La Casona, esa vieja construcción del centro de la ciudad, frente a Catedral, ubicada en la confluencia de Hidalgo, Juan Ruiz de Alarcón e Ignacio Comonfort: John Spencer. Spencer, sentado en primera fila, volteó a ver y las calaveras, del tipo de José Guadalupe Posada, sufrieron alteraciones en su ritmo cardiaco y se pusieron pálidas al comprobar que efectivamente el 2 de noviembre de cada año la realidad se altera al punto que los grandes espíritus regresan y se mezclan con los pobres mortales. Spencer salió de La Casona, una especie de Tamoanchan (lugar de creación de los antiguos dioses donde Ometecutli y Omecihuatl formaron el universo e hicieron al hombre con maíz que ellos mismos trituraron entre sus divinas muelas), para mezclarse con los asistentes al Coloquio. En La Casona Spencer prepara el espacio que será el Museo de Arte Moderno de la ciudad. Tallando piedra por piedra, va haciendo crecer el cuerpo vivo de esa vieja casa: abriéndole túneles, asoleando sus pasillos, construyendo una capilla, colocando escaleras y columnas va haciendo de ella una alegoría del mundo. Spencer ha trabajado incansablemente por Cuernavaca y para guardar la memoria de Lowry en Cuernavaca y participó en el Coloquio como uno de los enviados personales del Cónsul, quien no pudo asistir porque el 2 de noviembre escenifica su ordalía de amor con Yvonne por todo el mundo, para anunciar que, efectivamente, “no se puede vivir sin amar”. Por eso, cuando las calaveras lo vieron, sintieron calambres, los clásicos calambres que provoca la vida…

Felix García, Cuernavaca, 2002

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Nigel Foxcroft en Cuernavaca

Shamanic Influences on Malcolm Lowry: East-West Connections

Nigel H. Foxcroft,
School of Humanities, Faculty of Arts,
University of Brighton

Plenary lecture delivered at the 4th International Malcolm Lowry Colloquium: A Tribute to Raúl Ortiz y Ortiz, Malcolm Lowry Foundation/ Museo de la Casona Spencer, Cuernavaca, Mexico, 2nd November 2010

Abstract
This paper investigates various psychological, psychogeographical, and anthropological forces - cultural, social, and linguistic – bearing on Malcolm Lowry’s works. With its focus on the influence of nineteenth-century Russian literature upon his creative mind, it examines East-West cross-cultural and historical factors and their implications for the ‘ascent of man’. It explores the impact of Sir James Frazer’s ethnographic research and of Hernán Cortés, the Spanish conquistador, upon Aztec civilization, as reflected in Lowry’s novel, Under the Volcano (1936-47), set in Mexico on the Day of the Dead.

Previous research is also advanced by pursuing Lowry’s spiritual odyssey in his mystic quest for truth and salvation. Consideration is given to connections established with his natural, supernatural, and celestial roots. His application of psychoanalysis is probed, as are synergies with social, cultural, and linguistic anthropology, cabbalistic astrology, and even voodoo in Dark as the Grave wherein my Friend is Laid (1945-68).

Lowry’s paradisean symbol of the soul of Eridanus in The Forest Path to the Spring (1947-61) is considered in the context of his attempt to harmonize the rational, scientific, and materialistic intellect of the Enlightenment with the aspirations of European Romanticism. An analysis of his cosmic consciousness and his preoccupation with the Cabbala reveals links between Modernism and shamanism. Psychotherapeutic and shamanic healing is seen as a way of enabling regeneration via ethnographic and aesthetic methods. Developing the inclinations of Ted R. Spivey, it may be deduced that, for Malcolm Lowry, true salvation is attainable only in a fusion of the two worlds (the natural with the divine, the terrestrial with the celestial) and the two minds (the rational and scientific with the spiritual, and the conscious, perceiving intellect with the subconscious imagination).


Influencias Chamánicas sobre Malcolm Lowry: Conexiones entre Oriente y Occidente

Nigel H. Foxcroft,
Escuela de humanidades, Facultad de Artes,
Universidad de Brighton, Inglaterra

Conferencista invitado en el Cuarto Coloquio International Malcolm Lowry: Homenaje a Raúl Ortiz y Ortiz
Fundación Malcolm Lowry, Museo La Casona Spencer, Cuernavaca, México, 2 de noviembre de 2010

Resumen
Este trabajo investiga las diversas fuerzas psicológicas, psicogeográficas y antropológicas —aspectos culturales, sociales y lingüísticos— en la obra de Malcolm Lowry. Especialmente la influencia que tuvo la literatura rusa del siglo XIX en su mente creativa, y examina los entrecruzamientos culturales e históricos entre Oriente y Occidente y sus implicaciones en el “ascenso del hombre”. Explora el impacto de la investigación etnográfica de James Frazer y el de Hernán Cortés, el conquistador español, sobre la civilización azteca, como se refleja en la novela de Lowry, “Bajo el volcán” (1936-1947), situada en México un Día de Muertos.

Primero investiga los progresos de Lowry en su odisea espiritual durante su búsqueda mística de la verdad y la salvación. Se tienen en cuenta las conexiones establecidas con sus raíces naturales, sobrenaturales y celestes. Se aplican las categorías del psicoanálisis así como las correlaciones de la antropología social, cultural y lingüística, la astrología cabalística e incluso el vudú en “Oscuro como la tumba donde yace mi amigo” (1945-1968).

El símbolo paradisiaco de Lowry del alma de Eridanus en “El sendero del bosque a la fuente” (1947-1961), está considerado en el contexto de su intento por armonizar el intelecto racional, científico y materialista de la Ilustración con las aspiraciones del Romanticismo europeo. El análisis de su conciencia cósmica y su preocupación por la Cábala, revela sus vínculos con el Modernismo y el Chamanismo. La curación psicoterapéutica y chamánica es vista como una forma de regeneración a través de métodos etnográficos y estéticos. Del desarrollo de las inclinaciones de Ted R. Spivey, se puede deducir que, para Malcolm Lowry, la verdadera salvación sólo es posible en la fusión de dos mundos (el natural con el divino, el terrenal con el celestial) y dos mentes (la racional y científica con la espiritual, y la conciencia de la percepción intelectual con la imaginación subconsciente).

jueves, 25 de noviembre de 2010

Homenaje a Raúl Ortiz

De la colección de fotos del maestro Alfredo Castro
durante el homenaje a Rául Ortiz y Ortiz
en La Casona Spencer, Cuernavaca, Morelos
2 de Noviembre de 2010














viernes, 12 de noviembre de 2010

Homenaje a Raúl Ortiz y Ortiz

En el reciente homenaje a Raúl Ortiz y Ortiz celebrado en La Casona Spencer en Cuernavaca, el 2 de noviembre, se reunió la comunidad lowryana para recordar también al Cónsul y reanimarlo con mezcal. Las fotografías son de Dany Hurpin


Alberto Rebollo y Frédéric-Ives Jeannet


John Anderson y Nigel Foxcroft


Paco Rebolledo y Raúl Ortiz y Ortiz












Nigel Foxcroft recibiendo un reconocimiento de la Fundación Malcolm Lowry


Alberto Rebollo entregando un reconocimiento de la Fundación Malcolm Lowry a Paco Rebolledo

lunes, 8 de noviembre de 2010

La cuerda del traductor

—Oye, qué zapatos —le dije.
—Son como los del Gran Gatsby.
—Maravillosos. ¡Vienes tan elegante!
—A estas alturas, me visto como se me pega la gana…
Llevaba un pantalón negro, recto, camisa blanca impecable, corbata de moño, saco a cuadros negros y un bastón, también negro, laqueado, con mango de madera. Subía la escalera lentamente, tomando descansos cada dos o tres escalones y volteaba cada vez que paraba para apreciar la casa en ruinas.
—Debe ser del siglo XVI, no?
—Sí, John Spencer la estaba restaurando y recreando. Esta escalera, por ejemplo, es una pirámide, es como ir subiendo por el templo de Kukulkán en Chichén…
—¿Quién era Spencer?
—Es una historia larga de contar, luego te damos un ejemplar de Saving Lowry’s Eden, allí hay una reseña que preparó John Prigge para que te enteres. Uno de los sueños de Spencer era hacer un centro Lowryano en Cuernavaca, primero en la casa donde el propio Lowry vivió y luego aquí.
—Bueno, algo de nosotros perdura. De mí sólo va a quedar la traducción que hice de la novela.
—¿Crees que es tu mejor trabajo?
—No sé, pero es algo que va a perdurar.
—Bueno, de eso nos hablarás, no?
—Trataré…
Llegamos a la sala en el momento en que Nigel Foxcroft dictaba una larga conferencia acerca del modo en que Malcolm Lowry había buscado su propia salvación y la del mundo. Raúl se sentó adelante y, deteniéndose en su bastón, entró de lleno en la conferencia sin hacer caso de las voces que por lo bajo decían, “ya llegó el maestro”, “ah, el maestro”, “miren, el maestro”, “maestro, por favor”, “que suba el maestro”, “háganle un lugar al maestro”; Alberto Rebollo, que coordinaba la mesa, por un momento, quedó confundido, pero cuando se repuso decidió dejar a Raúl tranquilo en espera de su turno. Nigel siguió en su propio flujo…
Más tarde, Paco Rebolledo presentó a “Raúl Ortiz y Ortiz, traductor de Bajo el volcán al español, trabajo que terminó en 1964, maestro de la Universidad Nacional Autónoma de México, diplomático del servicio exterior en Inglaterra, actor de los dramas isabelinos… Dejo con ustedes a Raúl:”
“…He seguido los pasos a Ulises por las islas griegas, a Dante en los círculos del Infierno y a Joyce viendo por la rendija de un día a Leopold Bloom… Leí por primera vez Bajo el volcán en francés y en 1957 me propusieron la traducción. Pensé que sería un trabajo de unos ocho meses, pero al octavo, solicité a la viuda de Lowry un plazo mayor. Ella me hizo saber que no era un caso excepcional. Trabajé muy duro por tres años y medio y después de varias versiones y revisiones logré encontrar el ritmo y la respiración de la obra. Trabajaba cuatro horas todas las tardes y los fines de semana me iba al monasterio del padre Lemercier en Cuernavaca, donde podía dedicarme a la traducción los viernes en la tarde, el sábado completo y el domingo hasta medio día. Lo único espantoso es que tuve que aguantar allí una comida incomible… Para mí, el punto cardinal fue la carta del final del primer capítulo, es el documento más conmovedor que haya yo leído de la literatura moderna, el grito más desesperado, más pesimista, más doloroso, que me dio los matices de Lowry en los once capítulos siguientes. Es una obertura que estremece… Entregué el manuscrito muy a mi pesar porque hubiera podido seguir revisándolo y corrigiéndolo y mejorándolo, transformándolo durante mucho tiempo... Para el resultado final conté con las sugerencias de Max Aub, José Emilio Pacheco, Rosario Castellanos, de la que fui muy amigo (estoy obsesionado con que todo mundo lo sepa)... El traductor está verdaderamente solo como el escritor, pero, para colmo: lleva a sus espaldas la mirada amenazante del autor… Hay dos oficios menos ingratos que el de traductor: el de maestro y el de prostituta… Si tengo que elegir para una isla desierta, elijo de la lengua francesa a Proust, de la lengua inglesa a Joyce y del castellano me llevo a Galdós… ¿Qué?... ah bueno, sí, también a Lowry…”

Félix García
Casa Xitla, nov/10

viernes, 3 de septiembre de 2010

El Parián



Fotografía tomada de www..soydeparian.blogspot.com